El truco del almendruco

Tan importante o más que condenar los ataques a Vox en la campaña catalana es comprenderlos bien

Ningún lector de este artículo ve normal -estoy seguro- los ataques, agresiones y asaltos a los actos políticos de Vox en la campaña electoral catalana, tenga las simpatías políticas que tenga. Esas imágenes (que son repeticiones de la campaña vasca) avergüenzan a todos porque no son propias de una democracia sana. Así que no dedicaré esta columna a condenar lo obvio.

Preguntémonos por qué se permiten. Obsérvese que las protagonizan un puñado de friki-radicales que no tienen ni media actuación policial. Si los mandos políticos, ordenasen a las fuerzas de seguridad que garantizasen los actos electorales de Vox, sería coser y cantar. En cambio, los responsables políticos, además de no cursar las órdenes pertinentes, deslizan invitaciones al boicot y calientan el ambiente.

Incluso suponiéndoles las peores de las intenciones, algo no encaja. ¿No ven que esos ataques favorecen electoralmente a Vox? Hay un impulso caballeresco en toda persona de bien que le lleva a solidarizarse con el desamparado. Además, se deja ver a las claras qué partido político irrita a los más antidemocráticos de la sociedad, enviando señales a todos los amantes de la ley y el orden de cuál pudiera ser el antídoto más eficaz o más directo. ¿No ven esto?

Lo ven. Pero paralelamente hay otro proceso gracias al cual calculan sacar muchísimo más provecho de estos bochornosos alborotos. Lo ha descrito el filósofo brasileño Olavo de Carvalho, considerándolo un «mecanismo de inversión revolucionaria». Consiste en que hoy «para tener fama de odiador no hace falta odiar a nadie, basta con que te odien».

Observen cómo funciona. Los cuatro susodichos frikis atacan a Vox y, entonces, lo que se instala en el subconsciente colectivo es que Vox es un partido que crispa. La víctima, se supone, «algo habrá hecho»; que es una frase muy antigua, de resonancias trágicas.

Urge no caer en esa trampa. Bastaría preguntarse qué ha hecho realmente la víctima. Sin enredarse en el egocentrismo de pensar que todo lo que te molesta es objetivamente censurable, como si nosotros fuésemos el faraón de la pirámide de Kelsen. Que alguna idea nos choque no implica que choquen con una piedra a quien la dice. Estoy convencido de que, si cada uno desactivase ese mecanismo de inversión revolucionaria, estaríamos haciendo mucho (y lo mejor que está en nuestra mano) para que esas imágenes de vergüenza (tan maquiavélicas) no se repitan.

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