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El escritor Ignacio Peyró y la editorial Libros del Asteroide, que el año pasado publicó una biografía de Julio Iglesias, no tardaron ni 24 horas en reaccionar a las denuncias de agresión sexual contra el cantante y anunciaron una nueva edición de la obra, revisada y actualizada. Hasta el título parece ahora un anacronismo: El español que enamoró al mundo. En estos momentos sería más apropiado decir de él, como poco, que consternó al mundo. También caben otros verbos relacionados con la desilusión o la abominación, según la deriva que vaya teniendo toda esta historia.
Peyró se dedicará ahora a reescribir a Julio, pero no es el único. Medio mundo, y sobre todo los españoles, tendremos que hacer una profunda revisión de este y de otros muchos ídolos mitificados. Ya no son tan divertidos sus históricos alardes de donjuanismo, que lejos de ser algo ajeno a su obra artística eran en realidad parte fundamental del producto musical. Sus historias de mil conquistas o sus excesos verbales con mujeres contribuían también a vender discos, porque todo ello forma parte de un todo, de un cliché con música y letra que ha sido imitado por otros artistas pero que nunca llegaron a alcanzar las cotas de autenticidad de Julio Iglesias, al que no se le veía impostado o sobreactuado nunca, aún en las situaciones más delirantes.
El mundo, y sobre todo los españoles, se lo perdonamos casi siempre todo, porque era Julio Iglesias, genio y figura. Robaba besos a sus entrevistadoras o las sentaba literalmente en su regazo, mientras ellas salían más o menos airosas del brete con sonrisas forzadas y un presunto buen humor difícil de digerir fuera de las cámaras. Al mundo, y sobre todo a los españoles, nos parecía divertido, hacíamos memes con su cara y le escuchábamos cantar que es un truhán, que ser un golfo le va o que sueña con el fruto prohibido. Visto ahora, no podemos decir que no avisó.
Es verdad que del dicho al hecho, de la canción a lo que ahora se denuncia, hay mucho trecho. ¿Había razones para sospechar algo de esto de las jóvenes sometidas? Quizás no, o al menos no hasta ese extremo. Pero la revisión de las escenas, entrevistas o declaraciones, con salidas de tono que hoy no serían admisibles, nos invita a una profunda revisión de lo que estamos dispuestos a tolerar a nuestros ídolos, a los que corremos el riesgo de hacer creer que todo les está permitido.
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