Contrapunto y aparte
Opinión de Soco López para 'Diario del Carnaval': El ritmo de la caverna
Si Platón hubiera nacido en La Viña, su mito de la caverna podría haberse inspirado en el Falla. Llevamos toda la vida escuchando cantar a oscuras a quienes están convencidos de que las sombras del patriarcado son la única realidad posible. Pero la historia no engaña. Los grandes avances sociales, desde el derecho al voto o al trabajo remunerado, tienen a las mujeres como motor, aunque nos intenten gripar el motor mil veces. En el carnaval ocurre lo mismo: si no fuera por las mujeres, el concurso seguiría siendo cavernario. Que las desigualdades salgan a la luz escuece a los que se habían acostumbrado a la penumbra de sus privilegios.
Si en plena Revolución Francesa Olympe de Gouges pagó con la guillotina haber denunciado una igualdad que excluía a las mujeres, en 2022 la comparsa 'We Can Do… Carnaval' pagó con el descrédito por derribar el muro de la final. Desde entonces, el avance femenino y feminista es irreversible, aunque choca contra una maquinaria institucional en punto muerto. Da igual el color político, en los despachos de la fiesta impera el inmovilismo y el antiguo Patronato, reconvertido en Consejo de Participación, mantiene intacto su aroma a vestuario de fútbol: un núcleo masculino que decide y valida. Con este panorama, las únicas medidas de igualdad impulsadas desde la institución pública organizadora del concurso arrojan el raquítico balance de la eliminación de las ninfas en 2015 y la paridad en el jurado (por imperativo legal desde 2015 pero aplicada desde 2022). Y para de contar.
No sorprende entonces que los mensajes que redundan en estereotipos sexistas y hasta aquellos que banalizan la violencia de género o el consentimiento se premien y retransmitan a miles de personas amparados en el humor y la libertad de expresión. Con el reglamento actual, su aceptación queda en manos de un jurado al que no se le exige la aplicación de la perspectiva de género y de un público que aplaude todas esas sombras normalizadas durante siglos.
Aun así, cada vez más mujeres ocupan espacios creativos y técnicos, enfrentando no solo la falta de referentes, sino también cuestionamientos constantes sobre su voz, su imagen o legitimidad. El carnaval, como cualquier manifestación cultural, puede ser herramienta de emancipación o de opresión. O se alinea con la igualdad, entendida como derecho humano y no como concesión, o seguirá atrapado en la ceguera de la caverna, reproduciendo el modelo androcéntrico que subordina, invisibiliza o excluye a las mujeres. Ellas aportan la luz necesaria para no cantar a oscuras.
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