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Rafael / Garófano

De las tarjetas postales a twitter

Comenzaron a circular por España en 1873 como un medio de comunicación comercial La casa alemana Hauser y Menet realizó una emisión en 1897 con varias vistas de Cádiz

23 de marzo 2014 - 01:00

Cuando las tarjetas postales están pasando a ser objetos decadentes que casi nadie utiliza, por sus limitaciones ante las posibilidades comunicativas que ofrece Internet, puede ser el momento de comentar lo que representaron en el mundo de las comunicaciones y la cultura de la imagen, en el devenir a la modernidad. Consideraciones desde las que, espero, se entienda ahora mejor la valoración que algunos tenemos hacia esos cartoncillos con imágenes impresas que, ya desprendidos de su valor de uso, empiezan una nueva vida como "objetos históricos" plagados de informaciones y referencias culturales.

Las tarjetas postales comenzaron a circular oficialmente en España, en 1873, como un nuevo medio para las comunicaciones comerciales. Un nuevo producto postal que permitía, por un menor precio de franqueo, mandar informaciones y noticias, con el inconveniente de que estas, sin sobres, quedaban a la vista y perdían la privacidad. Un inconveniente menor tratándose de mensajes sin referencias personales. Eran los llamados "entero postales", en cuyo anverso solo se podía poner el nombre y la dirección del destinatario y escribir el mensaje en el reverso. Fue el inicio de unas comunicaciones abiertas, aunque para un tipo restringiendo de mensajes.

En 1892 empezaron a circular en España unas tarjetas postales en cuyos reversos aparecían unas pequeñas imágenes impresas, que embellecían la cartulina pero que reducían casi un tercio el espacio para el texto de la comunicación. Pero la fuerza de atracción perceptiva de la imagen trastocó la consideración de las caras de la tarjeta, pasando a la condición de anverso donde aparecía la ilustración y a la de reverso donde se escribía el nombre y la dirección del destinatario. Las comunicaciones en abierto seguían ganando terreno, ampliándose la información textual con la iconográfica: "Te mando esta tarjeta postal de Cádiz en la que podrás ver el puerto desde donde zarpamos para Cuba".

En estas circunstancias, la casa alemana Hauser y Menet, de Madrid, en 1897 realizó la emisión de una serie de tarjetas postales ilustradas con pequeñas imágenes fotográficas de ciudades. Concretamente con vistas de Cádiz, impresas mediante el procedimiento de la fototipia, fueron nueve, siendo la primera (nº 111) la titulada "El parque Genovés" y la segunda (nº 115) la titulada "Calle Ancha".

El éxito de las tarjetas postales ilustradas fue arrollador entre las clases burguesas, desencadenando una auténtica "cartomanía" durante los primeros años. Se desarrolló no solo la comunicación postal abierta sino también el coleccionismo y, con ello, el insólito fenómeno social de enviar tarjetas a personas conocidas y desconocidas, con la finalidad de ser correspondido y recibir otras tarjetas con las que mejorar la propia colección. Son muchas las tarjetas de la época en las que se encuentran mensajes parecidos a este: "Le mando esta tarjeta y, si lo desea, me acepta en su círculo de amistades y entablamos una relación de intercambio postal". Un auténtico precedente de las redes sociales comunicativas en abierto de la actualidad.

El cartero podía leer los mensajes de aquellas tarjetas, pero también podían ser leídos en las oficinas de correos y sus contenidos podían terminar haciéndose públicos. En unas clases burguesas muy celosas de su intimidad y permanentemente atentas al cuidado de su reputación, los mensajes siempre eran educados y formales, entre otras cosas, porque era obligatorio que el remitente firmara el texto. Aunque el afán por ampliar el círculo de las "amistades", en ocasiones, provocaba ciertos "atrevimientos".

El 11 de enero de 1901, "Carmelina" mandó desde Cádiz una tarjeta postal a la "Señora Florencia Jimena", de Málaga, con el siguiente texto: "Querida Florencia, ayer recibí tu postal, ya Madame Protet habrá recibido una tarjeta mía con la dirección, no lo había hecho antes porque me daba fatiga dirigirme a ella siendo una señora casada, pero ya lo hice. Tienes mi permiso para dar mis señas a cuantas personas quieras; yo contesto gustosa. Recuerdos a tus padres. Te abraza tu afectuosa Carmelina". ¿Dirigirse a una señora casada, sin haber sido presentada?, ¿permiso para dar su nombre y sus señas a desconocidos?, ¡que escándalo!. Las ansias de comunicación abierta empezaban a socavar, incluso en las señoras, el recato y las normas de urbanidad, provocando discusiones sobre si aquello era una manifestación de la modernidad, como meterse en la oscura promiscuidad de los cinematógrafos, o simplemente un comportamiento propio de personas "sin clase" (burguesa, claro).

Unas comunicaciones tendentes a la globalización, con "amistades de intercambio" en otros países a las que mandar breves textos (en ocasiones de menos de 140 caracteres) con algunas palabras sacadas del diccionario. Textos de amistad unidos a imágenes de la propia ciudad, que fuesen correspondidos por coleccionistas de tarjetas de otras ciudades, cuanto más alejadas mejor.

En una tarjeta enviada desde Cádiz a Berlín, en enero de 1904, podemos leer: "Muy Sr. Mio. Confirmo mis dos tarjetas 2 actual y le mando dos más. ¿Podría Vd. darme algunas direcciones de algún coleccionista de Rusia, de Japón o algunos otros países?". Un interés por el intercambio, que hizo que la revista Cádiz Postal, dedicada al coleccionismo de sellos, a partir de 1901 abriese una sección a la cartofilia, dando nombres y direcciones de coleccionistas para facilitar la creación de redes sociales.

Pero también muy pronto surgió el deseo de "personalizar" las ilustraciones de las tarjetas, con imágenes dibujadas o fotografiadas por el propio remitente. En una tarjeta enviada desde Cádiz a Doña Esperanza Fonseca, de Madrid, en abril de 1902, podemos leer: "Sé por Fernando que siendo Vd. una pintora obsequia a veces a sus amigas con tarjetas hechas de su mano, ¿tendré la suerte de recibir alguna?".

En 1902, en aquella fiebre de comunicaciones abiertas, redes sociales y creatividad, en la que la burguesía gaditana, culta y abierta, participó con entusiasmo, a los dirigentes de la Asociación Gaditana de Caridad, se les ocurrió la idea de hacer una colección extraordinaria, enviando tarjetas "en blanco" a personalidades de la política, las artes y las ciencias, de todo el mundo, para que estas las "personalizaran" con un dibujo, una fotografía, un pensamiento o una simple firma autógrafa. Todo ello con el objetivo de comercializar dicha colección y dedicar a la caridad el beneficio que con ella se obtuviera. El resultado de aquel despliegue postal superó todas las previsiones, consiguiéndose formar, en su género y en su época, la mayor y mejor colección de tarjetas postales ilustradas del mundo (de la que quizá otro día hablaré).

La fuerza de la imagen hizo que su tamaño fuera creciendo en la tarjeta, "forzando" a que el remitente terminase escribiendo parte del texto sobre ella. Una circunstancia que se superó cuando, en 1905, un congreso internacional de los servicios postales autorizó a que en el reverso, separados por una línea vertical, se escribiese la dirección postal y el texto del mensaje.

Posteriormente, las sucesivas ediciones de tarjetas postales ilustradas se fueron convirtiendo en auténticos bancos de datos para la historia y la cultura. En primer lugar, para observar en ellas la evolución de las artes gráficas y de las técnicas de impresión de imágenes (sobre Cádiz, hacia 1904, se llegaron a editar tarjetas postales ilustradas en finísimas láminas de aluminio) y, en segundo lugar, en cuanto a sus contenidos iconográficos, las tarjetas nos muestran, sobre todo, de forma cronológica y ejemplar, la evolución urbana de nuestras ciudades y, muy especialmente, de sus centros históricos. Unas tarjetas que, cuando son de "vistas animadas", también nos permiten observar a la ciudad con sus ciudadanos, sus actividades en las calles y en las plazas, sus indumentarias, sus medios de transporte, etc.

Es cierto que la visión de estas imágenes despierta afectivos sentimientos de nostalgia, pero en no pocos casos, más racionalmente, las imágenes de las tarjetas se convierten en documentos críticos con la falta de cuidado sobre el patrimonio urbano.

Finalmente, una pregunta me asalta después de esta reflexión comparativa de las tarjetas postales con los modernos medios de comunicación: ¿Como perdurarán los registros que hoy se hacen de la realidad urbana (de forma constante y sin intención de perdurar) elaborados con evanescentes pixeles digitales sobre soportes informáticos en continuo cambio?. Las tarjetas postales, dada su naturaleza material y con sus limitaciones, está claro que lo consiguieron.

[En agradecimiento al personal de los servicios de Correos de Cádiz, en momentos difíciles para sus condiciones laborales].

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