La tribuna

Ignacio F. Garmendia

El rincón del vago

25 de octubre 2010 - 01:00

PUEDE que los lectores más veteranos ignoren que existe una página así llamada, en el mundo dentro del mundo que es internet, donde los estudiantes y otros ciudadanos deseosos de ampliar conocimientos pueden encontrar cumplidos resúmenes de las más diversas materias. Ignoro si la página genera beneficios -publicidad no le falta- o responde al modelo altruista inspirador de la Wikipedia, pero habría que darle un premio al que le puso el nombre, porque es un nombre ingenioso y cínico y a la vez complaciente con los usuarios, imagino que numerosos y entre los que tal vez se encuentren esos sufridos asesores a los que les piden de un día para otro informes que exceden sus presuntos saberes especializados.

Los vagos congenian rápidamente y reconocen a la primera a sus hermanos de cofradía, en oficinas, institutos, universidades o consejerías. Acaso sea justo que tengan a su disposición una herramienta apropiada a la magnitud de su desidia. En sus añorados artículos, Umbral solía decir: de esto no me acuerdo y no voy a levantarme ahora. Eso mismo pensarán muchos, sólo que no se trata de que no lo recuerden, sino de que no lo han sabido nunca. En la edad de internet, levantarse de la silla para consultar un volumen -no digamos un diccionario impreso- requiere un esfuerzo ímprobo que equivale casi a un acto de rebeldía.

Se impone el modelo de la citada Wikipedia, cuya mala fama inicial ha cedido paso a una exaltación de su carácter democrático, como si semejante calificativo -esto ya lo vio Ortega- tuviera algún sentido aplicado al ámbito del conocimiento. No es un mal modelo, pero uno diría que no contribuye precisamente a incentivar el estudio. Las enciclopedias de antes, caras e invasivas, ya no las quiere nadie. No digamos la Britannica, el Larousse, nuestro Espasa, verdaderos templos del saber en los que se han formado varias generaciones, ni siquiera las más modestas y asequibles. Pasaron los tiempos en que un esforzado representante podía amasar una fortuna, vendiendo tomos a crédito en visitas a puerta fría, como se dice en el argot de los comerciales.

La publicidad de las antiguas enciclopedias solía insistir en que las nuevas ediciones estaban completamente actualizadas, con imágenes de Gorbachov o la caída del Muro. Nunca comprendí por qué razón el lector de una enciclopedia habría querido acceder a una información -el seguimiento de la actualidad es algo distinto del conocimiento- que podía leer en los periódicos. Pero en la nueva era digital, la idea de la actualización ha pasado a ser una redundancia.

Todo conduce a una pérdida de prestigio de la memoria, que se ha convertido en algo innecesario. Si uno puede buscar en el iPhone -y encontrar en sólo unos segundos- la alineación del Athletic de la edad de oro o un verso determinado de Horacio, de poco sirve proponerse almacenar datos de ninguna clase. Por poner un ejemplo paralelo, todos recordamos cómo desaprendimos las operaciones matemáticas más elementales cuando se extendió el uso de la calculadora. Yo aún me acuerdo de cómo me impresionaba que en los exámenes de los mayores los profesores permitieran el uso de estas máquinas que hoy parecen antiguallas, como si les dieran a ellos una ventaja que a nosotros, los colegiales, nos estaba vetada. También hemos llegado a olvidar el teléfono de la propia casa, si es que nos habíamos parado a aprenderlo, aunque todavía recordemos los primeros números que tuvimos, por aquellos años entrañables que pasamos guardando cola en las cabinas del barrio.

El concepto tradicional de la cultura, basado en la acumulación de conocimientos, está en franca decadencia. Los modernos pedagogos insisten en que lo importante no es retener datos de ningún tipo, sino que los muchachos sepan buscar la información cuando la necesitan. Pero cualquier búsqueda implica discriminación y jerarquía, capacidades que no puede aportar máquina ninguna. Detesto los discursos apocalípticos, pero la verdad es que en este asunto no cabe mucho margen para el optimismo.

La última etapa de este incierto proceso podría llevar a que alegres foros como el citado Rincón, una iniciativa originalmente dirigida a los estudiantes, acabaran siendo frecuentados por los propios profesores.

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