Artículos

Inés Santiago Fernández

Mi padre, Luis Santiago Pérez

OBITUARIO, 26 de octubre 2013 - 01:00

MI padre me enseñó que los besos y abrazos se pueden dar con miradas y sonrisas, que no hace falta decir "te quiero", sino demostrarlo con pequeños gestos y detalles y que una lagrimita puede significar orgullo por el mérito conseguido alguno de sus seres queridos, tristeza, alegría, emoción o miedo disimulado.

Era buen marido, padre inmejorable, abuelo por encima de todo, buen hijo, hermano, tío y primo. Tanto los carnales como los políticos, todos eran su familia y de todos tenía que estar pendiente. ¡Cómo disfrutaba de esos muchos días en que se reunía gran parte de la familia en el campo en Chiclana! Allí había gente por todas partes y los primos, tanto maternos como paternos, nos lo pasábamos bomba con la manguera, porque no había piscina, y con los turnos en las bicis y en las motos, porque no había para todos. De alguna manera, a través del disfrute y la alegría, nos enseñó a compartir.

Pero aún siendo hombre de pocas palabras, era el rey de los golpes graciosos y cuando menos te lo esperabas te soltaba una frasecita o te contaba un chiste con los que había que reírse aunque no tuvieras ganas.

Una de sus frases era que, para morirse, sólo hay que estar vivo. Y él lo estaba más que nadie. Disfrutaba con todo y con todos y te contagiaba. Mi padre nos legó el amor a Cádiz, a la Virgen del Rosario; nos enseñó a disfrutar del Carnaval en la calle, del que no se perdía nada aunque lloviera a mares….."dos gotitas y enseguida parará", nos decía; a vivir y a sentir la Semana Santa delante de la Catedral, donde pasaba las horas viendo desde la primera Cruz de Guía hasta el último de la banda; a disfrutar de la playa, a sufrir con el Cádiz en Carranza; esas tardes de toros de las que disfrutábamos siendo unos niños; y, sobre todo, a disfrutar de y con la familia, haciendo de cualquier pequeña cosa, un motivo de celebración.

Esa familia que no acababa nunca y que siempre tenía hueco en su mesa. Cuando le decía a mi madre: "Marinés, cocina algo más que hay poca comida", significaba que "sólo" había en la mesa 3 platos de jamón, 2 de queso, 4 de gambas, patatas fritas y aceitunas, pescaíto frito..."¿Y la comida?, ¿cuándo llega?" ¡Papá, que ya no podemos más! Él era así, para él nunca era bastante. Y el amor a sus hijos lo duplicó hacia sus nietos, sus niños queridos, a quienes siempre quería tener cerca.

Aunque suene paradójico, mi padre era de esas personas que llenaban su vida y la de los demás con su silencio. Enemigo de reconocimientos, siempre le daba el mérito a quien tuviera a su lado. Trabajador incansable y luchador innato, nunca dudó en prestar ayuda a quien se la pidiera y siempre estaba pendiente de todo y de todos, hasta cuando estaba enfermo. "Chica, vete ya con tus niñas", le decía a mi hermana aunque le aterrara quedarse sólo en su tratamiento, "Luisma, no hace falta que vengas desde Córdoba", aunque estuviera deseando verle, "Álvaro, que mañana tienes que madrugar", "Nena, que te tienes que ir al Puerto...", nos decía, en lugar de quejarse y lamentarse.

Y, contra todo pronóstico, se marchó demasiado pronto y en silencio, llevándose con él un pedacito de corazón de todos los que le queremos. Cuidaremos de mamá, como nos pediste.

Descansa, papá, en tu playa. Y cuídanos desde el cielo.

stats