DESde SATURNO

Jorge Bezares

El oficio de padre

EN Casa del Olivo, la segunda parte de las memorias de Carlos Castilla del Pino, el psiquiatra sanroqueño reconoce su incapacidad para ser padre. Cuando la obra vio la luz había enterrado a cinco hijos y a una nieta. Posteriormente, en unas declaraciones suyas a Arcadi Espada para El País Semanal, se levantó una agria polémica cuando muchos interpretaron que había asegurado que la denegación de la cátedra en cuatro ocasiones por los próceres del franquismo le dolió más que la muerte de sus hijos. En entrevistas posteriores se explicó mejor: "Todas las muertes de mis hijos me causaron un gran pesar, pero no impidieron mi proyecto de vida… ¡Sólo hubiera faltado añadir eso al drama! Lo que impidió realmente mi proyecto de vida fue no lograr la cátedra". Aunque ese asunto tan feo debió quedar meridianamente claro, aquellas declaraciones a Espada le han acompañado hasta la tumba, donde yace como un gran sabio que fracasó tan estrepitosamente como padre que ni siquiera sufrió por la muerte de sus hijos. Y mira que él mismo expresó sinceramente el dolor de la relación paterno-filial en vida: "Mis hijos y yo fuimos convirtiéndonos en extraños  y llegó un momento que hablar hubiera empeorado las cosas… Habían surgidos reproches mutuos, era mejor callar… Era un silencio que apesadumbraba, sí, pesaba mucho". Cuento la desventurada paternidad de Castilla del Pino, a quien conocí a principios de los años ochenta, para tener un punto de partida para reflexionar sobre el difícil oficio de ser padre. Siempre me impresionó que una persona tan sabia pudiera cosechar un fracaso tan sonado y trágico con su prole. Por eso, cuando mi mujer y yo decidimos ser padres, me tomé la paternidad muy en serio. Estoy criando con mi mujer a tres chavales, de entre 17 y 10 años, y cada día que pasa me pongo peor nota. Me he pasado muchas noches velando la fiebre de las criaturitas, con el Dalsy, el paño mojado y el termómetro a mano. Les he ayudado con los deberes. He dado mil cochazos del fútbol a las clases de inglés… No les he perdido ojo, salvo una vez que  mi hijo mediano se rompió con dos añitos el codo en un castillo de goma. Pero esos servicios prestados para nada valen cuando a las criaturas les llega esa especie de enfermedad llamada adolescencia. En esas está mi hijo el mayor. Por mucho que me esfuerzo no recuerdo que yo, a su edad, la padeciera. Quizás debería preguntarle, a lo mejor hablando más con él recordaré cómo era yo y le conoceré mejor. Quizás esa sea la única forma de no convertirnos en unos extraños.

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