Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
ESTÁ de moda lo de las furgonetas transformadas en bar. En verdad han existido toda la vida. Quién no recuerda a Tere La de la Tartana, que vende los bocadillos como le da la gana, o las churrerías ambulantes que aparcan los fines de semana por muchos sitios de la provincia, haciendo de los domingos un día maravilloso al amanecer. A mí que me dejen de pamplinas, yo no quiero un despertar con flores, prefiero un buen amanecer con churros, en papel de estraza y quemando un poquito.
No paran de salir iniciativas nuevas en la provincia de puestos de comida ambulante con ideas de lo más interesantes, desde hamburguesas hechas con carne de retinto a molletes de Puerto Serrano rellenos o tapas basadas en el atún. Para ponerlos en marcha se recuperan furgonetas antiguas, de esas que veíamos en las películas.
Pero yo creo que falta por salir todavía la versión de Cádi, Cádi, de este invento de las furgonetas de comida ambulante, y sería la recuperación de los motocarro, como eran tan chungos en el plural no le poníamos ni la s. Los cincuentones como el cateto que suscribe recordarán como en la zona de Garaicoechea, por detrás del mercado de abastos paraban una serie de estos pequeños camiones en los que llegaban los géneros que se vendían en la plaza.
A mí me emocionaba especialmente cuando llegaban los motocarros con los pez espada, todavía sin partir a filetitos. Yo le miraba la cara al pescao, y pa mí que venían hasta mareao, de los rebotes que pegaba aquello. Me han dicho que a los pez espada, más que meterlos en hielo les metían una pastilla para el mareo antes de salir del muelle.
Sería bonito que alguien pusiera en marcha un motocarro de comida ambulante y que transformara la parte donde iba el pescao en una inmensa plancha para hacerlo en filetitos. Ya sólo quedaría inventarle un nombre en inglés, porque ahora todo lo moderno va en inglés, y a recorrer el mundo vendiendo montaditos. Se podría llamar motocarring pezespading de Cadigüeni y estoy yo seguro de que esto lo llevan a Nueva York, que es donde se inventan todas las cosas, y tenía más éxito que los muslitos de pollo al ajillo, otra de las grandes aportaciones de Cádiz a la humanidad.
No sé si quedará aún un motocarro por ahí escondido. Me acuerdo que, como el conductor estuviera bien criao, el pobre mío parece que iba incrustao en la cabina, como las caballas de una lata de Virgen del Carmen. Recuerdo que, a pesar de su rusticidad, llevaban en el cristal de delante hasta parabrisas. Un malvado me cuenta que hasta tenían aire acondicionado y cuando hacía mucho caló el pez de espada movía la cola y le daba aire fresquito al conductor… lo que es la imaginación humana.
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