Gastronomía José Carlos Capel: “Lo que nos une a los españoles es la tortilla de patatas y El Corte Inglés”

Se meten conmigo (o con usted)

Una sociedad donde toda crítica se percibe como un insulto o una agresión, está siempre a punto de estallar

El amigo de visita –cuyo juicio literario valoro mucho– se ha sentido en la obligación de espetarme que uno de mis libros no le gustó. Como cuando se lo envié no dijo ni mu, no hacía falta esa declaración tan explícita, pero la encajé como un gesto de amistad (extrema) de quien no quiere esconder nada a quien aprecia tanto. Le di las gracias. “Bastante es que otras cosas mías te hayan gustado”, reconocí, más convencido que nunca de la sinceridad también de sus elogios de antaño.

Puede que a usted no le guste que yo me ponga así de ejemplo, y a mí tampoco; pero más feo me parece decirle que tiene que apechugar con que algunas cosas suyas no gusten y no predicar yo con el varapalo en primera persona. Que escoció, porque ese libro que no le gusta a mi amigo es muy importante para mí.

Pero si pretendemos que todos nos aplaudan, vamos listos. Es imposible que lo hagan porque el mundo es diverso, irisado, bizarro y da vueltas. Yo no le gusto al 100% ni a mi mujer, que ya podía haberse acostumbrado. De manera que si fomentamos una sociedad en la que la crítica o la reserva moral es recibida como una agresión, estamos imponiendo la hipocresía y, a la vez, poniendo la pólvora para que la vida social y la familiar salten por los aires.

Si usted no es católico y resulta que un sacerdote piensa que lo que usted hace es pecado, tendría que darle igual. Yo soy completamente indiferente a las advertencias del Dalai Lama. ¿Por qué se va a poner usted a cancelar al sacerdote como si su juicio le afectase o como si callándole la teología católica fuese a cambiar de signo? Vuelve al trigo este burro, y diré de mí que, naturalmente, hago, pienso y escribo muchas cosas literarias, políticas o personales que el pensamiento progresista considera absolutos disparates, tal como si yo hubiese perdido la cabeza. Preferiría que aplaudiesen todos, pero, si me silban muchos, incluyendo amigos, entiendo que es un peaje lógico de vivir en una sociedad plural con unas ideas singulares. Sin pagar mi peaje, no circularía tan libre.

Las críticas nos ayudan a mejorar, si tienen razón, y nos ayudan a mejorar, si no la tienen. Invitan a reflexionar, ejercicio encomiable. Propician o nuestra reforma, en un caso, o nuestra libertad, perseverancia y valentía, en el otro. Son una bicoca. Vicente Núñez lo dijo mejor: “La autocrítica no pude ser valiosa más que apoyándose en la crítica inmisericorde de los demás”.

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