Crónica personal
Pilar Cernuda
Pedro Sánchez de rebajas
He disfrutado como nunca la faena de Morante de la Puebla en Jerez de la Frontera, el viernes, al cuarto toro de la tarde. Lo recibió con un capote lleno de temple y compás, toreando a la verónica con una cadencia exquisita. Ya con la muleta, el de La Puebla desplegó todo su arte y creatividad, hilvanando series de naturales largos y profundos, rematados con detalles de una torería desbordante y singular. Hubo de todo: verónicas de mano alta, molinetes y un toreo en redondo que cuadró a la plaza. Tras una estocada rotunda, el clamor fue unánime.
La he disfrutado, y literalmente como nunca, porque yo no la vi. Pero no es un juego de palabras fácil. Mi disfrute incomparable fue auténtico, porque mi hijo pequeño (ya preadolescente) sí estaba en la plaza, y me he alegrado muchísimo de que él, la primera vez que iba a los toros por su cuenta y riesgo, con sus amigos, a sol, haya asistido a una radiante hierofanía de Morante.
De haberla visto yo con estos ojos, aun en barrera de sombra, no la habría gozado ni la mitad. A fin de cuentas, el toreo es tan fugaz, tan esculpido en la luz del instante, que uno aúna la maravilla de lo que se ve con la melancolía de lo que se va. En el “¡ole!” y en el “¡hele!” arranca la elegía.
La alegría, sin embargo, por la faena de Morante del viernes está exenta de estas sutilezas de poeta resabiado. Y tampoco es retórica ni abstracta. Es física. Me alegra que mi hijo, que todavía no se liará demasiado con las nostalgias de lo que se nos escapa, lo disfrutase tanto.
Los padres en los hijos disfrutamos el doble, como la luz que se multiplica en los espejos. Borges, cuando murió su madre, escribió su más sentido soneto. Se llama “Remordimiento” y confiesa su mala conciencia por no haber sido feliz. Acertaba el argentino. El mejor regalo a nuestros padres es disfrutar al máximo de la vida que nos dieron. Es un doble o nada.
Tanto, que habrá un momento en que uno no tema ni irse de la plaza de la vida porque sabrá que, al cuidado del mundo multiplicado, quedan aquellos que lo vivirán con unos ojos sin fondo para la belleza y para soltar una lágrima de emoción. No me quiero poner muy tremendo, pero en el alegrón de la faena de Morante, que no vi, he atisbado con claridad la alegría con la que quiero entrar en la sombra (no en el tendido de sombra) sabiendo que quedan al sol (sí en el tendido del sol) tantos a los que queremos tanto. Pero no hay prisa.
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