Brindis al sol
Alberto González Troyano
Un par de libros
En democracia no hay gobierno neutral, el ejecutivo habla ideológicamente a través de sus decisiones, muy especialmente por sus presupuestos, y también mediante lo que llamamos política de comunicación. En este ámbito, va a existir una tensión entre la obligación de publicidad y su propio interés en mantenerse en el poder, ante el inevitable encuentro con el electorado. Es por ello por lo que, frente al problema de la desinformación, resulta pueril suponer que serán los canales gubernamentales los que garanticen un conocimiento veraz de los hechos. No es extraño que los gobiernos mientan o tengan interés en que una mentira posea en la opinión pública la fuerza de un prejuicio social. En cualquier caso, si algo ha cambiado la relación del gobierno con la opinión pública es la revolución digital. Dentro de ella, los canales institucionales y los perfiles personales de los integrantes del ejecutivo tienden a la confusión. Esto, entre otras cosas, ha dado lugar al hecho atípico de que haya perfiles de gobierno que no actúan en estos foros desde la lógica del discurso institucional y la rendición de cuentas, sino que, por el contrario, usan las redes para ser ellos quienes controlen a ciertos colectivos, especialmente los medios de comunicación. Donald Trump, desde luego, fue vanguardia en esto. De hecho, es contra él la primera sentencia que exige a un responsable político no bloquear a usuarios en redes por su ideología. Esta semana, la Corte Constitucional de Ecuador como anteriormente la de Colombia, han sentenciado en un mismo sentido, exigiendo un mínima neutralidad a los responsables políticos en sus foros. En cualquier caso, más allá de lo jurídico hay que demandar una responsabilidad ética. Un ministro no lo es sólo de su gobierno, sino que lo es también de la Nación y debe ofrecer a ésta una mínima credibilidad pública. Esto último es incompatible con una ejecutoria despreciativa u agresiva contra ciudadanos, periodistas u oponentes políticos en el foro digital. Igual que una cámara legislativa requiere de cortesía parlamentaria, los miembros de un gobierno han de velar por comunicarse siempre con la lengua propia de los ministros. Ello es así porque desempeñan las más altas responsabilidades del Estado y, como desgraciadamente hemos visto esta semana, porque puede haber contextos donde la confiabilidad en su discurso sea extraordinariamente importante para la ciudadanía. Ese capital político no puede ofrecerlo el ministro que ha hecho un uso incontenido, polarizante y frívolo de su canal de comunicación con la sociedad.
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