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TRAS la insurrección sevillana del 26 de Mayo de 1808 llegó a Cádiz el conde de Teba con la misión de sumar a los gaditanos al levantamiento contra el francés. La situación en Cádiz era muy difícil, pues la escuadra francesa de Rosilly estaba en la bahía, por lo que el gobernador de Cádiz, Francisco de Solano, optó por actuar con prudencia. Pero su actitud fue interpretada, más que como cobardía, como muestra de su afrancesamiento, por lo que, pese a las reuniones que se desarrollaron en esos días para analizar la situación, el día 29 una multitud asaltó su residencia, lo apresó y fue asesinado en medio del tumulto.
De inmediato fue aclamado como su sucesor Tomás de Morla, quien, para tratar de apaciguar los ánimos, ordenó publicar una proclama, al parecer redactada por Solano, aceptando preparar el ataque a la escuadra francesa, que, pese a el tumulto organizado, no se produjo de inmediato. Una iniciativa popular, presentada en nombre del pueblo gaditano, obligó a las autoridades a jurar como rey a Fernando VII el 31 de mayo de 1808, juramento que suponía de hecho la declaración de guerra a Francia. Morla, para salvaguardar su responsabilidad, pidió a la Junta Suprema de Sevilla autorización para atacar a la escuadra francesa, que le fue concedida. Para entonces, ya se estaba preparando la estrategia bélica, dirigida por los marinos Moreno y Ruiz de Apodaca, lo que no pasó desapercibido al almirante francés Rosilly, quien confiaba en la llegada por tierra de refuerzos por parte del ejército napoleónico, intentando, por medio de comunicados a Morla, retrasar el enfrentamiento.
Preparado el ataque, el 9 de junio Morla instó la rendición, que fue rechazada por Rosilly, por lo que a las 15 horas y 15 minutos comenzó el bombardeo contra los navíos franceses. Tras cinco días de lucha intermitente, cuando parece que los medios de las fuerzas españolas flaqueaban, el día 14 de junio se volvió a intimar a la rendición de la escuadra francesa sin condiciones. Rosilly, convencido de que no podría resistir otro ataque, y presionado por sus propias tropas, se rindió a discreción. En total se entregaron 3.676 prisioneros, tripulantes de 5 navíos y una fragata, armados con más de 450 cañones, innumerables armas, gran cantidad de pólvora y municiones y provisiones para cinco meses. Juan Ruiz de Apodaca, que fue el encargado de recibir el acta de rendición, se hizo cargo de los buques franceses que pasaron a formar parte de la Armada española tras castellanizar sus nombres, pasando a mandarlos los segundos comandantes de los buques españoles. Fue la primera batalla de la Guerra de la Independencia, de la que hoy se cumplen doscientos años.
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