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SU padre creó una forma de hacer periodismo y Eduardo Sánchez Junco la siguió al pie de la letra, siempre bajo la mirada atenta de su madre Mercedes, que sigue al pie del cañón en la revista Hola.
Eduardo quería dedicarse al campo y se hizo ingeniero agrónomo, pero no dudó en ponerse al frente del negocio familiar cuando llegó el momento, y para hacerlo bien, aparte de rodearse de un buen equipo de profesionales, se licenció en Ciencias de la Información. Aguantó el tirón de su pasión por la agricultura en sus fincas de Palencia, Segovia y Burgos, donde se refugiaba los fines de semana con su familia y donde instaló técnicas punteras para desarrollar sus cultivos. Pero Eduardo, mal que le pese, pasará a la historia por haber sido el propietario y director de la revista más conocida de España, por haber colocado los nombres de Hola y Hello en todo el mundo, incluidos los despachos más influyentes.
Supo mantener la línea que impusieron sus padres cuando fundaron Hola hace setenta años. El estilo Hola para la crónica rosa significaba que en cualquier noticia había que buscar la cara amable, el lado positivo, y siempre cuidando la redacción, los detalles, el buen gusto. Lo que no ha sido fácil para Eduardo Sánchez Junco en estos últimos años, con la crónica del corazón infestada de personajes que no han dado un palo al agua y han vivido y viven del escándalo, con montajes que llenan de rubor, con noticias que se pagan en función del morbo, sin importar que sean ciertas. A Eduardo le preocupaba esa sinrazón que contamina al periodismo actual, y le preocupaban sobre todo los llamados programas del corazón que impregnan las parrillas televisivas, y que tienen poco que ver con el corazón y mucho con el griterío, la ordinariez y el escarnio.
No era menor el periodismo de Sánchez Junco, aunque hay quien cree que la crónica social es menos relevante que la política o la económica. No era menor el periodismo rosa tal como la planteaba Eduardo Sánchez Junco. Lo primero que decía a un nuevo colaborador era que por encima de todo estaba el respeto a quienes protagonizaban las entrevistas, los reportajes, las noticias. ¿Y el rigor? También, por supuesto, pero por encima de todo el respeto.
Pocos personajes se han resistido a aparecer en su revista, ni siquiera los que se mueven en círculos muy alejados del espectáculo, la realeza, la jet, el glamour. Eduardo pagó mucho dinero por exclusivas y también pagó mucho dinero por retirar de la circulación reportajes incómodos e incluso vejatorios para personajes por los que sentía respeto, y en contra de lo que se piensa no siempre se trataba de miembros de la familia real. Era querido por su profesionalidad, por su cercanía, por su lealtad a quienes merecían lealtad, por su trato, y también por anteponer su familia a cualquier otro tipo de prioridad.
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