Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
LA F.P. que yo recuerdo era casi un demérito, una senda menor que escogían mayoritariamente los niños de las clases menesterosas por dos razones fundamentales: no haber obtenido en octavo las notazas que debía lucir un buen estudiante y no disponer de un céntimo para acceder a niveles académicos cuyos costes eran imposibles para familias con lo justo para calentar a diario el potaje. Y eso que la Ley del 70, aquella reforma casi revolucionaria que ideó Villar Palasí, puso la Formación Profesional donde nunca había estado, ni siquiera durante Segunda República. Pero lo que molaba de verdad era el BUP. Los que elegían el Bachillerato Unificado Polivalente se volvían de pronto como más listos e importantes, paseaban libros gordísimos, apenas tenían tiempo de salir a la calle y venían relatando conceptos de mucha enjundia, algunos en latín. Daban ganas de tratarlos de usted. Mientras, los padres de los de F.P. evitaban tener que confesar que sus hijos habían preferido "estudiar un oficio", o lo reconocían a media voz, como si padeciesen una enfermedad contagiosa o se hubieran tirado los desgraciados al vicio de los porros.
El estigma tuvo incluso su lema en las revueltas estudiantiles de los ochenta -cuyo patético icono fue el Cojo Manteca aporreando un semáforo- cuando el personal se desgañitó con aquello del hijo del obrero a la universidad, como si lo otro fuera una palmaria injusticia. Y así, este país se llenó primero de universitarios, y luego de abogados sin pleitos, maestros sin aulas y científicos con nada que investigar. Un día ibas a comerte una hamburguesa y te enterabas que la chica que servía patatas chips y muñequitos del Rey León acumulaba dos carreras, tres másteres y otros tantos idiomas. Media vida hincando los codos para acabar sirviendo aros de cebolla y dando a escoger entre Timón o Pumba. Hace unos días leíamos que casi 20.000 jóvenes gaditanos habían elegido este curso la formación profesional, sin complejos y dispuestos a acceder a un mercado laboral realista. De eso se dieron cuenta hace décadas los países grandes de Europa, y se prepararon para ello. A nosotros nos queda el consuelo de que si la ardilla de Estrabón quisiera cruzar otra vez el país sin poner una pata en el suelo podría hacerlo también ahora: saltando de diplomatura en diplomatura, de licenciatura en licenciatura y de postgrado en postgrado.
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