Crónica personal
Pilar Cernuda
Pedro Sánchez de rebajas
ENTRE los muchos títulos que honran a esta trimilenaria ciudad, bien se podría adoptar ya el de la ciudad de los gritos. Cuando se inauguró la semana pasada la exposición de Oswaldo Guayasamín, uno de los hitos artísticos del Bicentenario, se dijo que su obra era como "el grito de América". Pues a buen sitio ha venido a gritar este pintor. Esa misma semana, los billetes de la Lotería Nacional estaban ilustrados con un grabado y la siguiente leyenda: "Bicentenario de la Constitución. Gritos de Cádiz. Limonada fresca". Y se veía a un gachó con el cántaro de la limonada.
Este grabado pertenece a la colección de acuarelas pintada en 1813 por Tomas de Sisto, titulada Gritos de Cádiz, que es una joya, como ya dijo en su día Alberto Ramos. En Cádiz hay muchas joyas que se valoran más fuera que dentro, y sirven para ilustrar los billetes de Lotería Nacional, o lo que sea, mientras aquí buscamos los gritos de América en vez de darle prioridad a los nuestros, que también los tenemos. El tío de la limonada era uno de los ambulantes que recorrían Cádiz a grito pelado, para vender lo que hiciera falta: limonada, papas fritas, higos chumbos, de todo.
Hay gritos y gritos. Entre Guayasamín y el tío de la limonada cabe el universo. Los gritos ahora están de moda, cuando aquí se practicaban desde época inmemorial. Tiempos hubo en los que se consideró una ordinariez, propia del vulgo o populacho, de individuos que vendían las cosas a gritos por las calles, en vez de tener un comercio en condiciones en la calle Columela o la plaza del Palillero, como todos esos que perdimos, desde Moral a Merchán. Antes de que existiera Zara y su familia.
A gritos iban los que no sabían expresarse de otro modo. Pero ahora es un síntoma de liberación. Gritas y te quedas nuevo; o igual, pero más desahogado. El grito de Edvard Munch no ha venido, una pena. Es una serie de cuatro cuadros que roban en Oslo de vez en cuando. El grito americano de Guayasamín clama para salvar los muebles del Bicentenario. El grito de Cádiz ilustra los billetes de Lotería para repartir el premio en otro sitio que no sea Cádiz. El grito de los de Delphi lleva cinco años gritando y ahí sigue. El grito de ahora reivindica algo, no vende limonada, ni nada.
Puestos a gritar, en Cádiz hay gritos por todas partes. Los del PSOE, por ejemplo, se gritan entre ellos. Yo ya no sé si son de los suyos. He perdido la pista de con quien va González Cabaña o el hermano de Román (los dos son el hermano de Román), o Martita, o Federico alias Chiqui, o Fran y tantos otros. Es lo que pasa, que se ponen a gritar en los Plenos municipales con Teófila, que tampoco se calla, y se aficionan. Y así surge eterno, inacabable, atronador, el grito de Cádiz, aunque nadie lo oye.
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