Seguimos contabilizando más tontos, que se saltan el confinamiento por gusto, que enfermos curados. Pero tú aguantas. Hay días malos y días peores, en los que ya no se te ocurre a qué jugar con los niños. Llegas a cogerles tanta manía como al despertador. Y cuando por fin duermen, tampoco conviene pensar demasiado, porque la paranoia siempre vuelve: 'quién inventó este bichito para cargarse a tanta gente: ¿los chinos, Putin, EEUU?' Un trago no vendría mal, sobre todo a los sanitarios , que viven su particular pesadilla. No saben si tendrán un equipo de protección al volver al hospital o si se las tendrán que apañar como puedan. Lo que no faltan seguro son las mordazas para tratar de callar sus denuncias. Y todo porque no quieren pasar a la historia como héroes con capas de bolsas de basura. Para evitarlo, un ejército con decenas de costureras ayudan mientras los gobernantes se dedican a cazar brujas.

A lo mejor es que nuestros representantes, en realidad, no son políticos, por mucho que lo aparenten. Los buenos políticos, de hecho, son más necesarios que nunca, pero la ausencia de liderazgo es latente. Los verdaderos líderes no intrigarían y sí buscarían respuestas para explicarnos cómo nos reiniciaremos para salir de ésta. Si no supieran qué decir, al menos saldrían a dar las gracias a tantos como están arrimando el hombro en estos momentos, desde el más humilde al rico empresario. Muchos merecen un monumento, no unos políticos que se encogen cuando vienen mal dadas. La situación es tan grave que, bien mirado y como mal menor, le permite a nuestros dirigentes demostrar que no han elegido su oficio para hacer tratos a fin de colocarse en una empresa cuando terminen el trabajo. Eso sí: sólo podrán construir el futuro desde la unidad, enterrando el sectarismo tan miope. Han de abandonar la cueva y ocupar su espacio para lograr que la herida cicatrice cuanto antes.

Si no lo hacen, toda la solidaridad se tornará en desconfianza. Hoy estamos tan perdidos que ciertos predicadores piensan que seremos mejores cuando acabe esta pandemia tan letal. Y sin duda no necesitábamos miles de muertos para ser más generosos, más humanos. Lo que sí vamos constatando es que vamos a necesitar mucho más que palabras para no mirarnos de reojo cuando salgamos a la calle. Causan estupor los presuntos líderes como Bolsonaro, que negó la pandemia al estilo Fraga, participando en varios mítines; o Donald Trump y Boris Johnson, que consideraron el virus una fantasía. Aquí también todos buscan el chance para sus andanzas y sus broncas: de un extremo al otro, desde Kichi al general Rosety, todos nuestros políticos hacen bueno a Sancho Panza el día que abandonó a su familia para acompañar a Don Quijote en busca de grandes fortunas. Sea por vergüenza torera, podrían dejar de comportarse como esos arquitectos que construyen puentes sin pensar por dónde fluye el río, como dijera Manuel Rivas. Los campeones de la palabrería hueca están siendo superados por la crisis. Y su suerte cambiaría si liderasen una revolución silenciosa desde la lealtad, todos juntos. Pero cuesta tanto imaginarlos... Una vez y otra se nos vienen a la mente los protagonistas de la Transició y los comparamos con aquellos astronautas veteranos que sacaron de apuros a la NASA en un momento crítico. Son los jinetes del espacio que Clint Easwood llevó al cine. Pero por desgracia, aquellos no pueden volver, porque la realidad siempre es más dura que la ficción.

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