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No seamos más ingenuos

Llegamos a pensar que podíamos dormir a pierna suelta mientras que todo se tambaleaba a nuestro alrededor

La gran crisis de 2008 nos quitó la venda de los ojos. La pandemia nos dio un zarpazo mortal y la invasión rusa y el encarecimiento del coste de la vida, desde la energía a los alimentos más básicos, nos arrancaron la inocencia de cuajo. Como destacó el vicepresidente de la Comisión Europea, Margaritis Schinas, en su campaña por Andalucía, Europa sufrió un auténtico baño de realidad con un Covid que la situó a la cola del súper, para comprarle mascarillas y respiradores a China. Hasta que el coronavirus no nos puso a prueba, solíamos vivir de la renta y no teníamos de qué preocuparnos. Nos parecía mucho más rentable importar material sanitario de Asia que fabricarlo y bien caro que lo pagamos.

También pecamos de ingenuos pensando que nunca nos faltaría la energía, por gentileza de los rusos. Ni tampoco los microchips, como recordó el comisario europeo, porque Taiwán no nos podía fallar. Llegamos a dormir a pierna suelta, pensando que EEUU nos blindaría de por vida con un escudo a prueba de todo tipo de bombas. Nos creímos inmortales. Y a la vuelta de tan sólo cinco años, nos hemos despertado del sueño de la manera más cruel: con una crisis tras otra en cascada. Como si se tratara de una treta del destino, justo un siglo después, hemos vuelto a pasar de la certeza a la era de la incertidumbre sin enterarnos. Stefan Zweig retrató como nadie en El mundo de ayer, escrita en su exilio poco antes de quitarse la vida, la estabilidad de la sociedad europea, después de que las grandes reformas del sistema de bienestar asegurasen las pensiones y una sanidad pública para la mayoría. Zweig definió aquella época, justo antes de la Primera Guerra Mundial, como la edad de oro de la seguridad.

Cuando algunos líderes nos alertan de que estamos a las puertas de una guerra, hoy es casi imposible no trazar ciertos paralelismos. Y la Unión Europea ha de despertar cuanto antes si no quiere vivir una pesadilla. Si aspira a impulsar un escudo de seguridad, todos los países tendrían que arrimar el hombro para no depender de terceros. Y si pretende seguir siendo campeona del mundo en derechos humanos, protegiendo a las minorías y garantizando un sistema universal y gratuito de sanidad, los 27 tendrán que pelearlo con uñas y dientes. O pasamos a la acción o podemos seguir como hasta ahora, sesteando, enchufados a las redes pero desconectados de la realidad. Atrapados en este nuevo tiempo sin discernir entre la amenaza rusa y la corruptela diaria, mientras el orden mundial se tambalea. Mañana que nadie diga que no avisaron, y no seamos más ingenuos. Hasta los jóvenes han aprendido que ya nada es para siempre y que lo que ayer era sólido, ahora es líquido.

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