HACE poco vi una esquela que me llamó la atención. Era la de un hombre que había muerto a una edad muy parecida a la mía (por eso me fijé en esa esquela), pero luego, al leerla con más atención, vi que había otro detalle interesante. Y es que la esquela, bajo la cruz que preside casi todas las esquelas, y bajo la frase habitual de condolencia, ese lastimero "Rogad a Dios en caridad", decía esto: "Esposo que fue de…". Y a continuación venía el nombre, no de una mujer, sino de otro hombre.

Y de pronto vi en esa esquela una prueba más de la importancia que tiene la Ley del Matrimonio Homosexual, una ley que había sido discutida y atacada con virulencia, y que movilizó a los obispos y a las organizaciones que dicen defender a la familia, y que organizó trifulcas y rifirrafes porque se la acusó de ser una aberración legal y no sé cuántas cosas más, y que justo por ello está aún pendiente de un fallo del Tribunal Constitucional. Pero en una humilde página de esquelas, bajo una cruz y las frases habituales del duelo, un hombre que había muerto aparecía citado como "esposo que fue" de otro hombre, y la familia más próxima y sus amigos lo comunicaban a sus allegados sin ninguna vergüenza y sin la menor voluntad de ocultación, sino todo lo contrario, con toda la naturalidad del mundo, y quizá también con orgullo por la decisión que había tomado aquel hombre que se había casado con otro hombre, y que quizá había sido creyente y había rezado alguna vez pidiendo que tuvieran piedad de él y rezáramos por su alma. La mayoría de leyes tienen efectos que sólo se ven a largo plazo, y a menos que sean medidas administrativas que pueden costarnos una multa o una sanción, sus consecuencias no tienen resultados visibles en la vida de los ciudadanos. Pero la ley del matrimonio homosexual ha servido para dignificar la vida de un colectivo que aún tenía que vivir en medio del disimulo, y que a menudo estaba sometido a unas convenciones sociales que implicaban una discreta pero evidente discriminación. Recuerdo que un diplomático homosexual que vivía en Manila me contó lo importante que había sido para él la posibilidad de casarse de forma oficial, ya que al haberse casado con otro hombre podía llevar a su marido a unas recepciones diplomáticas que hasta entonces no se lo habían permitido. Puede parecer un hecho insignificante, y estoy seguro de que hay gente que cree que estas cosas son una tontería, pero yo pienso justo lo contrario: estas cosas son importantes, muy importantes. Tan importantes como el hecho de nombrar en una esquela a la persona que ha compartido la vida con el difunto, y hacerlo sin engaños ni medias verdades, sino con toda naturalidad, como si fuera la cosa más normal del mundo. Porque eso es justo lo que es.

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