Al curricán

José Manuel Serrano Cueto

No espero más

LLEVO un buen rato mirando la pantalla blanca, la hoja vacía, sin saber qué escribir. Había pensado en varios temas de actualidad, pero ahora no me apetece dedicar mi tiempo a ello. Por fortuna, en el Diario me dejan hablar de lo que quiera, así que no tengo la obligación de centrarme en la última hora. Debo entregar el artículo, eso sí, por compromiso propio, pero solo me viene a la cabeza León Felipe. Hace mucho que tengo en mi biblioteca su Obra poética escogida (edición de 1980 de Espasa-Calpe), casi tanto tiempo como lleva doblada la esquina de la página 212, que se corresponde no con un poema, sino con una carta que el zamorano envió a Camilo José Cela, quien le había pedido opinión sobre su poesía. Es una carta triste, muy triste, que me marcó en su día y que lleva un tiempo rondándome. A pesar de lo gris de la misiva, me identifico con León Felipe. Él ya estaba viejo, y yo soy aún joven, pero comprendo su cansancio, su frustración, su deseo imposible de destruir toda su obra: "…la quemaría toda. He roto y quemado cuanto andaba rondando por cajones y carpetas -poemas, papeles, comedias- pero, ¡ay!, no puedo romper ni quemar lo publicado. Hago lo posible por no reeditarlo y escondo mis libros". Mi obra no tiene parangón con la excelente de León Felipe, así que no me resulta exagerado pensar lo mismo: que he publicado demasiado, que he dicho demasiadas tonterías, que no puedo ni podré nunca corregir lo que ya está impreso, que no voy a poder prender fuego al pasado… Y me asalta la idea de que erré en mi camino, de que me empeñé desde muy pequeño en escribir -ahora en dirigir-, y de que quizás debiera reinventarme, buscar otro oficio, encontrar otras posibilidades, alguna que me satisfaga por completo y no me cree esta dolorosa sensación de mediocridad. Pero me asusta pensar que, aunque no todo lo bien que me gustaría, no sé hacer otra cosa… O sí, quién sabe. En cualquier caso, y aunque mi destino gire hacia lugares alejados de mi presente, mi pasado estará ahí, en bibliotecas, filmotecas, viejas librerías, para recordarme, una y otra vez, que a lo mejor me equivoqué. Aunque quizás, como dice León Felipe, de todo ello quede "una gotita de rocío diluida, perdida, anónima… Y ya es mucho… No espero más". No espero más.

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