Desde saturno

Jorge Bezares

Cómo coger un alcornoque

A mediados de la semana pasada me desplacé a Alcalá de los Gazules para participar en las IV Jornadas Técnicas del Parque Natural Los Alcornocales en calidad de presidente de su Junta Rectora. Allí he pasado un par de días que me han servido para recuperar parte de la ilusión que esta crisis tan fea se había cobrado como pieza mayor. De tanto contar lo mal que está la cosa en un círculo vicioso interminable de hijos del agobio acaba uno por instalarse en la cosa misma sin una pizca de esperanza que llevarse al corazón. El gris de los días y su ejército de nubarrones siempre amenazantes te impiden ver con claridad más allá de tu pesimismo, y acabas ignorando la grandeza del factor humano. En Alcalá de los Gazules, entre la gente de la Consejería de Medio Ambiente afincada en las  oficinas del Parque, con su director-conservador, Juanma Fornel, y toda su gente -Antonio Salcedo, Nuria, Araceli, Rafael, Víctor, Manuela, Ricardo, Flori, Antonio Ríos, Damián, Raquel, Amelia, Antonio Calero y el resto de agentes de medio ambiente y personal laboral- a la cabeza, he hallado el elixir del entusiasmo. Y, por supuesto, en el presidente de la Asociación de Amigos del Parque Natural Los Alcornocales, Alonso García, un anfitrión de lujo de estas jornadas. Más allá de su nivel académico -su carácter divulgativo ha favorecido una alta participación, y Sánchez Vela construyó una conferencia sobre la caza muy sobresaliente-, lo mejor ha estado en la calle. En pleno corazón de Alcalá de los Gazules, una pequeña feria de muestras con pinceladas sobre la gastronomía, la artesanía, la flora y las tareas forestales, dirigida con arte por Antonio Salcedo, llenaron el Paseo de la Playa de escolares y de visitantes durante unos días marcados por temperaturas más veraniegas que otoñales. Los alcalaínos, entusiasmados, aplaudieron incluso a los mulos cargados de corcho y a los arrieros cuando se exhibieron por sus calles. Y el Centro de Adultos, repleto de gente guapa, guapa de verdad, con Inma, Mercedes y Maribel al frente, puso el toque antropológico con la reconstrucción de los viejos oficios de un pueblo que ya es memoria y pura melancolía. Pero que si se fija bien tiene ante sus narices, quizás tras una mata de alcornoques u oculto tras las barbas del Levante, la clave de bóveda para ganar el futuro. Sí, en Los Alcornocales, un espacio moldeado por el hombre a lo largo de los siglos, está la riqueza que necesita Alcalá y el resto de los pueblos del Parque para prosperar. Sólo tienen que cogerla, pero como si el alcornoque fuera una delicada flor. 

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