Su propio afán

Enrique García-Máiquez

Bofetada de Anagni

04 de mayo 2025 - 03:07

Como güelfo blanco, estoy negro. Ya se habrán enterado de que Donald Trump, lo más parecido a un Barbarroja que estos tristes tiempos han sido capaces de producir, se ha posteado disfrazado de Sumo Pontífice. La imagen sólo pretende ser una broma, por supuesto, pero antes había una diferencia neta entre el bufón y el monarca. Da tanta vergüenza ajena, que tengo la tentación de hacerme el loco. Incluso podría vestirlo de caridad: «Lo que no debe ser, no es»; como cuando un invitado torpe hace un gafe en la mesa, y miramos como si no hubiésemos visto nada. Pero hay una pregunta que me interpela como un reto: “¿Me habría callado si lo hubiera hecho Pedro Sánchez o Emmanuel Macron, y desde sus cuentas oficiales?”. Y la respuesta es todavía peor. Esto no lo habrían hecho ni Macron ni Sánchez.

“Hacen cosas peores”, sería el argumentario de algún acérrimo trumpiano, con el que yo estaría de acuerdo. La defensa de la vida que Trump ha emprendido es un mérito máximo; o su contundente resistencia a la ideología woke que los otros promueven cual antipapas oscuros. Sin embargo, lo valiente no quita lo descortés, ni el profundo desconocimiento que el presidente norteamericano demuestra de las bases de Occidente.

Por eso arranqué con una extemporánea confesión de güelfismo herido. Los güelfos blancos creemos que, en realidad, sólo existe una auténtica división de poderes. La que se da entre la autoridad moral y la fuerza del imperio. En su equilibrio respetuoso y tenso radica la más fecunda política posible. Que el Papado se rebaje a mero gobernante o a tertuliano utópico es un error y que los gobernantes se mofen del Papado o lo ridiculicen, desdeñando su fuerza ética y su trascendencia sacra, es una equivocación.

Las críticas mutuas, que son imprescindibles –ya hemos alabado la alta tensión– tienen que ir acompañadas de un respeto exquisito. Dante nos lo enseñó. En el canto XIX del Infierno, donde había colocado al Papa Nicolás III, el poeta florentino se dirige a él haciendo una profunda inclinación con todo el cuerpo. Una cosa son sus pecados y otra no rendirle reverencia. Y en el canto XX del Purgatorio, se duele con espanto del bofetón de Anagni, cuando en 1303 los legados franceses de Felipe IV el Hermoso (un Trump de entonces) humillaron a Bonifacio VIII. Este Papa era la bestia negra de Dante, pero, aun así, aquel maltrato le pareció la puerta de la barbarie, como lo era.

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