En tránsito

Eduardo Jordá

Está bien así

18 de diciembre 2010 - 01:00

HACE muchos años compré un juego de posavasos en algún lugar de Irlanda. En cada posavasos hay un fragmento de un texto famoso escrito por un autor irlandés. El que prefiero tiene unos versos de Jonathan Swift que vienen a decir más o menos esto: "Me gustaría tener, de por vida,/ seiscientas libras de pensión anual,/ una casa bonita para alojar a los amigos,/ y un río en el extremo del jardín". Swift compuso estos versos adaptando una de las Sátiras de Horacio. La traducción que tengo de Horacio, obra de un humanista granadino llamado Juan Villén de Biedma, adapta los versos originales a una prosa un tanto pedestre: "Ésta era mi ilusión: un terreno no muy grande, donde hubiera un huerto y una fuente de agua perenne, cercana a la casa, y además de esto un poco de bosque. Los dioses me lo han otorgado de forma abundante. Está bien así. No deseo otra cosa". Repito la frase final, que en nuestra época suena tan extraña como la teoría de las supercuerdas: "Está bien así. No deseo otra cosa".

Pienso en los versos de Horacio, adaptados por Swift muchos años después, cuando oigo decir que Sara Carbonero se ha hecho agrandar las tetas, y los controladores aéreos siguen empeñados en reclamar más dinero y menos horas de trabajo, y los diputados han blindado sus suculentas pensiones de retiro en un momento en que muchos jubilados las tienen congeladas. El síndrome de Sara Carbonero podría llamarse el trastorno de conducta más característico de nuestra época. Nada es suficiente. Nadie está contento con lo que tiene, por envidiables que sean las circunstancias en que vive. Y nadie parece dispuesto a aceptar la vieja actitud de conformidad de Horacio frente a los deseos terrenales, ese huerto no muy grande y esa fuente y ese modesto trocito de bosque: "Está bien así. No deseo otra cosa".

También podríamos llamarlo insaciabilidad. No hay nada que nos parezca lo bastante grande para nosotros. En la Sexta, una cadena de televisión que se supone controlada por personas que dicen ser de izquierdas, se emite un programa obsceno en que unos cuantos cantamañanas con cara de desdichados exhiben sus grandes mansiones con ocho cuartos de baño y tres piscinas y dos gimnasios (uno en cada planta). Yo prefiero colocar el posavasos con los versos de Swift frente a mi plato. No tengo una pensión anual de seiscientas libras (¿cuánto sería eso ahora?), ni una hermosa casa para recibir a mis amigos (aunque por suerte puedo disfrutar de algo así), ni una mujer con las tetas operadas. Pero con lo que tengo, que no es mucho, creo que los dioses me han otorgado de forma abundante mucho más de lo que nunca llegué a soñar. Y pienso que soy muy afortunado por ello y que debería dar las gracias. Está bien así. No deseo otra cosa.

stats