Laurel y rosas

Juan Carlos Rodríguez

De asaltos de piratas y torres del mar

24 de agosto 2014 - 01:00

ES cierto aquello que el cronista barbateño Antonio Aragón Fernández describe en su fascinante ensayo titulado "Asaltos de piratas berberiscos al litoral gaditano de La Janda", que "aún no ha sido abordado un estudio profundo y detallado de la historia de la piratería" en la provincia de Cádiz, en donde "ha tenido una importancia cabal". Su investigación, aunque reducida a ese triángulo que forman Conil, Vejer y Barbate y a los piratas y corsarios de Berbería -es decir, los procedentes de los actuales Marruecos, Argelia, Túnez o Libia-, es, de momento, la más rigurosa de cuantas se han emprendido. Aunque, como afirma el propio Antonio Aragón, "no pierde de vista el conjunto, porque en historia no es posible la abstracción total, ni en el tiempo ni en el espacio".

Cuando Luis Bravo de Lagunas, comisionado por Felipe II, llegó a Andalucía en 1577 para rehacer y reorganizar las defensas de las costas escribió al Rey que "todo esto está lleno de navíos enemigos". Pese a la lejanía de los llamados "centros piráticos berberiscos de Argel y Orán", según Rodrigo Valdecantos, fue necesaria establecer un entramado de torres, almenaras o atalayas para evitar el acoso a las costas y, especialmente, a los navíos que partían de Cádiz.

Es bien sabido que, en el caso de Chiclana, forman parte de este entramado defensivo el torreón de Sancti Petri, la torre Bermeja y la torre de la Cabeza del Puerco. Ya Domingo Bohórquez añadió, por ejemplo, la torre de la antigua ermita de Santa Ana, en donde el Concejo municipal alzaba velas advirtiendo de la presencia de barcos sospechosos en la costa, pero no por ello se puede calificar de torre vigía. Como tampoco otras construcciones existentes. Algunos cronistas han hablado de una torre de la Barrosa, existente en la Segunda Pista de la playa, aunque parece que no es más que una confusión con la del Puerco, a la que, a veces, se le denomina en la cartografía decimonónica como de La Barrosa. Así como otras posiciones elevadas en baterías o fuertes que han existido en Sancti Petri.

"Ceñida la piratería por muchos historiadores a las costas mediterráneas, a menudo se olvida que las del litoral atlántico fueron castigadas con ellas con tanto o mayor saña", dice Antonio Aragón. Razón lleva. Según Hipólito Sancho de Sopranis, el gran cronista de la piratería en la costa gaditana, enumera cómo en 1566, en solo un año, los berberiscos capturaron cuatrocientas personas en la costa de Cádiz y Huelva.

De ahí la alarma de Luis Bravo de Lagunas, que en el siglo XVI al reorganizar la defensa costera exigió a los señores feudales -sin ir más lejos, al duque de Medina Sidonia- la construcción y mantenimiento de torres que se comunican con humo o fuego, según el día o la noche, entre sí en toda una perfecta sincronía para dar la alarma.

De esta época datan el primer torreón de Sancti Petri -el castillo o fuerte es posterior, del XVIII, aunque vinculado esta vez a la defensa contra los piratas británicos- y la torre del Puerco, que como ha estudiado Francisco Giles, además, fue construido, en parte, con sillares romanos. Más incierto es el origen de Torre Bermeja. Del primero, de planta cuadrada y construido sobre la antigua ermita o capilla de San Pedro, siempre se ha vinculado a un origen militar. Las otras dos torres aún existentes, de planta circular, se debieron construir por orden de Bravo de Lagunas si nos atenemos a esa clasificación que en la costa gaditana distingue entre las torres de planta cuadrada con más de un piso -construidas a iniciativas del señorío de Medina Sidonia, también con usos vinculados al avistamiento de atunes para sus almadrabas de Conil y Zahara-, mientras que las mandadas ejecutar por la Corona siguen diseños de planta circular, peculiares de Sanlúcar a Tarifa, por su altura y proporción.

Los gastos de levantar torres y mantenerlas eran tan elevados que el duque de Medina Sidonia solicitó a Felipe II prescindir de las de la costa de Huelva a cambio de pagar los rescates de todos los cautivos.

En Cádiz sí que corrió a cargo de sus costes, aunque en Chiclana, por ejemplo, en los entonces habituales sorteos o concesiones de tierras para su plantación -en buena parte, de viñedo- entre 1560 y 1569, según Domingo Bohórquez, el duque accedió "a tributo perpetuo de los vecinos, para que del dicho tributo se pagasen las guardas que cada un año guardan la costa desta dicha villa de los moros enemigos de nuestra Sancta Fee Catholica", según transcribe de un documento de la época.

Tributo, denominado "noveno" -aunque era progresivo: 16 maravedíes por aranzada el primer año, 204 el segundo- y que era pagadero el día de San Juan por los agricultores, por tanto, para financiar el salario de torreros y guardas de la costa.

Impuesto del que, en cualquier caso, no hay constancia en ningún otra villa del señorío de los Guzmanes. Pero que, sin duda, sirve para demostrar que la amenaza del pirata berberisco fue real y temida. De estos y otros capítulos está repleta nuestra historia de ciudad de frontera.

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