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UBER es una aplicación, como casi todas las cosas que se precien de ser algo hoy: una forma de conectarse en red. En el caso de Uber, hablamos de una plataforma web que pone en contacto a viajeros para que compartan coche. Algo que ha existido de toda la vida. Sólo que ahora no es simplemente una vía para poner a gente en contacto y compartir gastos de viaje, sino una forma industrial y potencialmente masiva de facilitar servicios de transporte, más barata que ir en tren, en bus o en taxi, negocios todos ellos que crean unas empresas bajo cierto control de la Administración, es decir, que pagan impuestos y crean un tipo de economía reglada. Desde una óptica liberal -o sea, contraria al control gubernativo por principio-, es ante todo un fenómeno competitivo que beneficia al consumidor. También jóvenes de izquierda criados en el low cost comparten la defensa de Uber. Pero si bien compartir coche es algo muy positivo, disfrazar de eso una vocación lucrativa sin pagar por ello es economía sumergida. ¿Te gusta la economía sumergida? ¿O prefieres llamarlo "consumo colaborativo"? A día de hoy, esta competencia es desleal. ¿Que los taxistas se han dormido en los laureles y otro transporte privado les muestra la matrícula y les quita negocio? De acuerdo, hay trato, pero tal argumento es válido si todos juegan con las mismas obligaciones legales. Si no, hay truco. ¿Por qué yo pago cotizaciones sociales e impuestos y seguros, y los proveedores de Uber, no?, protestan. Con más razón que un santo, el propio San Cristóbal y el propio San Rafael incluidos, que son patrones viajeros. ¿O no es así? La actividad económica lucrativa -tan necesaria- debe contribuir a sustentar los gastos comunes. Es un cuestión de principio... o dinamitamos el invento del Estado. A ver los valientes.
La capital de Alemania, como hizo Hamburgo y van a hacer Fráncfort y Múnich, ha prohibido Uber esta semana. Deberán formalizarse estas relaciones económicas y empresariales -que vaya si lo son-, o bien aceptamos que hay quien juega con cartas marcadas, y en la jungla digital nos veremos. Esta app estadounidense alega que sólo pone en contacto a gente que ejerce su libertad de relacionarse. Esa libertad idealista y, a la postre, tramposa, que tan poco tiene que ver con la realidad. Te dirán que taxistas, Renfe o Linesur deben adaptarse a los nuevos tiempos, o morir y dejar paso a innovadoras formas de relación comercial. Sí, claro, pero no como un cangrejo invasor. Menos mal que nos queda Alemania, en concreto la muy progresista Berlín, que aduce en su intervención pública -¡qué antiguos, estos alemanes!- que esa forma de transporte compartido es de dudosa seguridad, y crea un tipo de "empresa irresponsable" que, a unas malas, no existe. A ver qué queremos.
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