Su propio afán

Enrique Gª-Máiquez

Tragedia de la mantequilla

Heráclito es el filósofo que siempre llora; Demócrito el que siempre ríe, y yo soy demócrata

25 de junio 2023 - 00:45

En su libro –cada día más necesario como antídoto– La suerte de haber nacido en nuestro tiempo, el filósofo Fabriçe Hadjadj suplica “el Espíritu que nos hace ligeros en la gravedad, nítidos en el misterio, cómicos en lo trágico”. Yo, que tanto necesito convencerme de la suerte de haber nacido en este tiempo, ese Espíritu, en cambio, ya lo tengo. Estoy escorado hacia la comedia. Siempre me acuerdo de esa viñeta de Astérix en los Juegos Olímpicos en la que aparecía un lanzador de jabalina con un brazo derecho como un tronco y un bracito izquierdo raquítico. Ese soy yo, aunque, en vez de jabalina, jubiloso.

Me ha pasado con “la tragedia de la mantequilla”. Me hacía una entrevista en su podcast La mesa de la cocina Gonzalo Altozano para hablar de mi libro Gracia de Cristo, sobre la sonrisa de Jesús en los Evangelios. Nombró de pasada la “tragedia de la mantequilla”, y yo, pensando en los oyentes que no conociesen la referencia, la expliqué. Error. Porque siendo “tragedia” se salía de mi especialidad. Es una referencia usual en el Opus Dei para referirse a la lucha interior con una pequeña renuncia. Viene un sacerdote irlandés que intentaba prescindir de la mantequilla en su desayuno como pequeño sacrificio y eso le costaba la misma vida. Como lo expliqué mal, la gente me escribe y me manda correos explicándolo. Es mi propia tragedia de la mantequilla.

Yo, encima, lo veo gracioso por significativo de mi carácter. De la radio me pidieron mi concepto de amor, y me remití al mejor que conozco, que es nuevamente de Escrivá de Balaguer: “Amar es excederse gustosamente en la entrega y en el sacrificio”. Me gusta por la alta tensión entre el sacrificio y la entrega, por un lado, y el exceso y el gusto, por delante. Muchos se quedan con sacrificarse y yo prefiero el gustazo excesivo, pero admito y admiro que, contra el brazo del tirador de jabalina, la verdad está en el equilibrio.

La querencia feliz la he heredado. Mi tía bisabuela María, que estaba sorda como una tapia, rezaba en su casa de campo de Alcoy el rosario a voz en grito cada noche. Con una peculiaridad: alternaba los misterios gozosos y los misterios gloriosos, saltándose a la comba los dolorosos. Le apenaban muchísimo. Los rezaba sólo en Cuaresma, qué remedio.

No es lo más ortodoxo y, aunque por culpa de eso no expliqué bien la tragedia de la mantequilla, gracias a eso pude escribir Gracia de Cristo; y me compensa.

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