Esta una campaña electoral triste en la que todo suena a derrota e impostura. Ha entrado la muerte en liza y los líderes han acudido a ella como los patos de los estanques a por el pan mojado, pegando picotazos al agua turbia. Suena todo tan sucio y previsible que da asco. Los mítines se sirven, a la moda de los restaurantes modernos, en un trozo de pizarra fúnebre con churretes de una salsa viscosa para disimular lo exiguo del bocado. El aborto, la eutanasia, el suicidio asistido se manosean en discursos que olvidan el sufrimiento que hay detrás de esas palabras que ocultan a la muerte. Ignoran acaso que la gente no quiere una ley, quiere huir del dolor de la vida, quiere no estar solo ante una enfermedad larga y sin cura, quiere calmantes cuando la vida es un valle de lágrimas. Quiere, sobre todo, tranquilidad para su conciencia y eso no hay norma que lo regule. Ante una cama de postración y amargura no hay otra postura que la del respeto.

La muerte y la enfermedad dan para mucho. Dan para meterse con la Iglesia y culparla de defender la vida a ultranza. Dan para acusar de escrúpulos religiosos a los que sienten miedo y no quieren consentir sin más que alguien te ayude a morir en la desesperación del sufrimiento. Dan, más que nada, una fórmula más barata. Porque ayudar a morir es mucho más barato que ayudar de verdad a las familias, costear caros tratamientos y desarrollar sin límites los cuidados paliativos. Hacer un seguimiento a fondo del enfermo y sus familiares cuidadores sin escatimar dinero es mucho más costoso y vende menos que aliviar el dolor con la muerte.

Hay muertes que se llevan, tras una larga enfermedad, todo por delante. Pero también hay muertes que enseñan mucho de la vida. Muertes que desde la vulnerabilidad de lo que somos nos hacen mejores, más frágiles y profundos. Quien ha lavado a alguien con amor sabe el abismo que se le abre interiormente, el precipicio de emociones verdaderas que descubre. Y ya no se vuelve a ver la vida, la vejez y la muerte de igual manera. Cuidar con amor y ver cuidar con amor es algo que nadie debería perderse en la vida. Anestesiarnos ante el dolor no nos evita el sufrimiento, simplemente nos lo duerme.

Alargar la vida que no es vida es tan inútil como el atajo de la muerte para salvarnos del sufrimiento. Morir en el beso del Señor está reservado a los santos. Los simples mortales debemos morir en paz. Si nos dejan.

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