Gafas de cerca
Tacho Rufino
Trump, con un par
Este viejo político socialista, al que uno creía ya jubilado, ha vuelto a atraer sobre sí la atención de la prensa por haber llamado "señorita Trini" a una compañera de partido, lo que ha sido considerado una grave ofensa por la aludida y otras militantes del mismo. Contraponía el viejo político a la ofendida, que acaba de perder unas elecciones internas en el partido, con el ganador de las mismas, a quien llamó "señor Gómez". Entiende uno la irritación que han causado estas declaraciones. El viejo socialista, partidario del señor Gómez en esa coyuntura, creyó oportuno dirigirse a la rival de éste en un tono, si no abiertamente despectivo, sí un tanto empequeñecedor. Pero el lenguaje no sólo sirve para intercambiar cortesías versallescas (lo que los políticos hacen a veces con una hipocresía que hace chirriar los dientes), sino también para lanzar pullas; y si la pulla, como es el caso, se manifiesta tan sólo en el tono, bienvenida sea: peor hubiera sido un insulto soez o una descalificación plena, como las que otros políticos intercambian diariamente.
Pero a lo que iba: si me meto en este berenjenal, que ni me va ni me viene, es porque lo que me parece despectivo, o empequeñecedor, en la expresión "señorita Trini" no es, precisamente, el tratamiento de señorita, sino el uso público de un diminutivo confianzudo y privado. Y en eso, me temo, el viejo político no ha hecho más que atenerse a los usos consagrados en su partido. "Trini" es cómo llaman a la aludida incluso quienes la han apoyado en las susodichas elecciones internas; "Trini" es el nombre que ha aparecido impreso en los carteles. Y "Trini" es el nombre con el que esta baqueteada política, que es aún ministra, pasará a la Historia menuda de la corte madrileña, la que cantarán y escarnecerán los valleinclanes y galdoses del futuro.
Lo otro, el uso más o menos anacrónico de la palabra "señorita", no me parece tan grave. Reconozco que a mí apenas me sale, tal vez por falta de ocasiones para usarla. En el trato social y profesional se impone enseguida el tuteo, seguramente porque ya nadie domina el arte de emplear las viejas fórmulas de cortesía en un trato que se quiere fluido y eficaz. Y sólo muy de cuando en cuando sorprende uno, en el habla de las personas mayores, o en el modo en el que éstas se dirigen a una mujer joven, este tratamiento al que, por qué no decirlo, no le sienta del todo mal el aire de ligero anacronismo que ahora tiñe su empleo. Antaño ser "señorita" implicaba no ser del pueblo llano, no ser meramente moza o muchacha, como lo eran las criadas y las campesinas. Esa discriminación real desapareció hace mucho. Lo otro, el tiquismiquis semántico que busca motivos de agravio en lo que son simples cuestiones de uso, promete en cambio tener larga vida. Como si no hubiera otras discriminaciones que combatir.
benitezariza.blogspot.com
También te puede interesar
Gafas de cerca
Tacho Rufino
Trump, con un par
Crónica personal
Pilar Cernuda
Pedro Sánchez de rebajas
El pinsapar
Enrique Montiel
Cerrar el grifo
Postrimerías
Ignacio F. Garmendia
Marienbad
Lo último