En breve ocuparemos las playas. Los atardeceres se harán infinitos y las miradas se perderán relajadamente en el horizonte, a veces buscando los últimos y perezosos rayos del ocaso, a veces imaginando que el mundo, en verdad, es plano y que el abismo medieval existe. Nuestras huellas dibujarán en la orilla caminos entrecruzados que las olas borrarán para que lo andado desaparezca y nuestros pasos desorientados pierdan su propia memoria. Esas playas en las que descansarán en breve nuestros sueños son las mismas en las que acabó el sueño del pequeño Samuel. Desde su patera no miraba el horizonte, como hacemos nosotros desde la playa, sino que ansiaba llegar a tierra firme para demostrar que el mundo es redondo y que tras el supuesto abismo hay más seres humanos. Soñaba con llegar a la orilla para dibujar con sus huellas el imborrable camino de una nueva vida. Sobre su memoria habrá que construir otro futuro.

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