Cuarto de muestras
Carmen Oteo
Tanta hambre
LA construcción de Europa se está convirtiendo en una empresa larga y difícil. No podía ser de otra manera, si tenemos en cuenta lo que ha sido la historia del continente durante siglos, desde el hundimiento del orden romano hasta la gradual formación de las naciones que hoy conocemos. Además de los grandes conflictos fratricidas, este proceso fue siempre acompañado por una tensión entre el deseo de crear unidades supranacionales o imperios y las refractarias fuerzas centrífugas basadas en la afirmación de lo propio y genuino. La Comunidad Europea nació con el objetivo, entre otros, de incorporarlas a un proyecto común unitario.
El propósito sigue aún vigente, pues quedan todavía países de la vieja Europa que aspiran a incorporarse y los peligros no han sido conjurados del todo. Sin embargo, la tensión no ha desaparecido, antes bien parece haberse reforzado de nuevo. Desde hace años se acrecienta el número de quienes piensan que la Unión les somete a unas servidumbres excesivas y una burocracia agobiante, limitando seriamente su autonomía. Es el grupo de los llamados euroescépticos. Al mismo tiempo, en el interior de los países que firmaron la adhesión, se reafirman las tendencias independentistas en algunos de sus territorios. En España lo sabemos bien por lo que está ocurriendo en Cataluña y el País Vasco.
Ambos fenómenos amenazan con hacer ingobernable una Unión Europea donde, a día de hoy, a pesar del liderazgo alemán, existen serias dificultades para armonizar un conglomerado tan heterogéneo de países, con situaciones e intereses propios no periclitados, muy diferentes en cada caso.
La segunda gran amenaza tiene que ver con la calidad de vida de los europeos, lo que conocemos eufemísticamente con el nombre de Estado de bienestar. Europa mira con preocupación la viabilidad futura de este modelo, aunque por el momento, ante el cambio de mentalidad y de actitudes que implicaría su sostenimiento y mejora, se mantenga alejada de la solución.
El problema no afecta tanto a la crisis económica actual en sí, que parece remontar lentamente, cuanto a la dificultad para seguir conservando dicho modelo en el futuro. El envejecimiento imparable de la población, debido, de una parte, a los logros de la Medicina y a la mejora en el nivel de vida alcanzado, así como a la drástica reducción de la natalidad y al crecimiento del número de abortos, esa grave lacra de nuestro tiempo, de otra, conducen a la Unión hacia un retroceso de las conquistas sociales logradas hasta el presente. Pero antes que rectificar, Europa prefiere lanzarse a una peligrosa huida hacia adelante, conducente, como se está viendo en países pioneros como Holanda o Bélgica, hacia fórmulas tales como la eutanasia y la eugenesia planificadas. En último término, hacia una progresiva deshumanización de la sociedad y una pérdida de valor de la vida humana de imprevisibles consecuencias. En este sentido, el problema de Europa es también de índole moral.
El tercer y último elemento que analizo se refiere a la identidad europea. Se trata de una reivindicación ya vieja. Europa no puede ser solamente una unión puramente económica, aunque como punto de arranque haya dado sus resultados. Es necesario que dé un paso hacia adelante para reencontrarla, sin duda difícil, pero ineludible. A la postre, los europeos, como el resto de los humanos, necesitan de un ideal colectivo que les mueva a mejorar individual y colectivamente, y a sacrificarse cuando sea preciso. El avance de los nacionalismos tiene mucho que ver sin duda con dicha carencia.
Ante el vacío de una Europa sin alma, en permanente reniego de una parte sustancial de sus viejas raíces, convertida en mero árbitro de identidades diversas, a veces contradictorias entre sí, se yergue una vez más -tenemos ya experiencia de ello- el ideal de la identidad nacional propia, con su lengua, su pasado reinterpretado y su proyecto de futuro independiente. Y es que el ser humano, europeo o no, es algo más que estómago, aunque también éste haya de estar satisfecho.
Si la Unión no fuese capaz de responder con valentía a estos tres grandes retos en un período de tiempo razonable, es evidente que vería su futuro y su viabilidad amenazados. Las seculares fuerzas centrífugas, omnipresentes a lo largo de toda su historia, tendrían otra vez la última palabra. Conviene por tanto que todos, empezando por quienes poseen más responsabilidades en la labor, meditásemos estos temas. No tengo demasiada fe en que las próximas elecciones al Parlamento europeo sirvan para llevar a cabo esta reflexión necesaria, no obstante de ser una ocasión de oro para ello. El cortoplacismo, la superposición de los problemas nacionales y autonómicos, pueden volver a imponerse al objetivo de la construcción de Europa. Es entendible, pero, cuanto menos, imprudente.
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