La esquina

José / Aguilar

Rato y Blesa

18 de octubre 2014 - 01:00

CONSENTIDO, propiciado y aceptado". Esto es lo que hicieron Miguel Blesa y Rodrigo Rato con las tarjetas de crédito opacas repartidas a más de ochenta consejeros y directivos de Caja Madrid -después, Bankia-, empezando por ellos mismos: aceptar, consentir y propiciar. Lo dicen los dos autos dictados por un juez de la Audiencia Nacional, insólitamente diligente ante el escándalo que ha conmocionado la política nacional.

El juez cree haber encontrado indicios racionales y bastantes de que los dos ex presidentes de la que fue cuarta entidad financiera del país fueron plenamente responsables del sistema de tarjetas B que permitió a consejeros y directivos cargar gastos personales por valor de 15,5 millones de euros a las cuentas de la caja. Una parte, concretamente, se cargaba a la cuenta de quebrantos, la que contabiliza las cantidades irrecuperables de las visas robadas. Quebranto y robo: ni aposta hubieran encontrado palabras más significativas para definir sus prácticas.

El magistrado atribuye a ambos mandarines de las altas finanzas un presunto delito de administración desleal, que es lo que penalmente cuadra mejor a los responsables de sociedades y empresas que con su conducta causan perjuicios a la entidad que dirigen. La deposición de Rato y Blesa -declaración ante el juez, no piensen en otras acepciones-, que se movió entre el desahogo y la soberbia, pretendió basarse en que eso de las tarjetas para gastos personales -las de representación eran aparte- se lo encontraron como una costumbre instalada en la caja y venía a ser un complemento de sus retribuciones (que, por cierto, no resultaban escuálidas). Surge la pregunta: ¿un ex vicepresidente del Gobierno y un ex inspector de Hacienda pueden desconocer que tienen la obligación de tributar por todos sus ingresos? El caso es que no tributaron por el uso intensivo de unas tarjetas que ni figuraban en sus contratos ni estaban recogidos en los estatutos de la caja que casi llevaron a la ruina y que tuvo que rescatar el Estado.

Hay otra pregunta sobre la trayectoria de Caja Madrid-Bankia. Ningún consejero advirtió jamás en ninguna reunión que los presidentes estaban poniendo en peligro a la entidad con sus inversiones inmobiliarias. ¿Por qué? Aquí la respuesta es fácil: precisamente porque el sistema de tarjetas estaba ideado para comprar las voluntades de los consejeros. El blindaje de Blesa y Rato no era otro que el silencio seguro de unos consejeros a los que se les pagaba con un fantástico tren de vida.

stats