Con la venia

Fernando Santiago

fdosantiago@prensacadiz.org

Pescadilla en la cocina

Debo ser antiguo porque me gustan los lugares limpios donde los camareros no me cuenten milongas

Hace muchos años estaban de moda las guías que escribía el periodista Joaquín Merino, cuando en España viajaban tres gatos. En Londres para turistas pobres narraba un suceso acaecido en un restaurante de postín en la capital del Brexit: un comensal devolvió un filete porque no era de su agrado, al llegar a la cocina lo pisotearon y se lo devolvieron, momento en el que el cliente dio el visto bueno, postureo culinario se llama eso. Recordaba este episodio a raíz de dos noticias contrapuestas de El Cantábrico y Aponiente que se han conocido hace poco, uno por salir en el reality sobre restaurantes que presenta un tipo con apellido de bar clásico de cócteles en Madrid y otro porque ya no sabe cómo llamar la atención : de las bioluminiscencias a lo que haga falta, hasta el infinito y más allá que gritó Buzz Lightyear.

Digo yo que entre un restaurante visitado por el tal Chicote y las gusanas de Ángel León debe haber un punto intermedio, el que va de la pringue a la impostura, de la comida para salir corriendo a las pamplinas para salir en los medios. Un restaurante limpio, provisto de una carta variada con productos de temporada, con camareros que no te traten ni como a un millonario ni como a un indigente, un lugar donde te atiendan sin llamarte caballero cada dos por tres, te sirvan con rapidez, salgas satisfecho con el bolsillo indemne. Hay muchos, claro, pero no salen en televisión. Hoy día la única manera de aparecer en la tele es situarte en los extremos. Los dueños de El Cantábrico pensaron que si iba por allí Chicote tendrían la publicidad suficiente para conseguir éxito en su local. Al final quedaron decepcionados porque el presentador les dijo que dejaran el pescado frito, lo que debe ser anatema en un restaurante de Cádiz. Eso sí, cobraban a 10 euros el menú cuando Ángel León cobra a 250 , por ahora, hasta que el nuevo invento atraiga la atención de los snobs de turno y le pegue otro arreón a la cuenta, aunque no impida que la gente termine la degustación con hambre ya que, como dice Arcadi Espada, a esos sitios hay que ir a vivir sensaciones, como el que acude a un museo, para comer ya lo hace uno en casa. Yo debo ser un antiguo porque no termino de acostumbrarme a que me asalten en plan José María el Tempranillo y , por si fuera poco, me gustan los lugares limpios donde los camareros no me cuenten milongas ni chistes, como Gonzalo. El camino que va de "El fraude de la gastronomía española" de Berasaluce al blog "El Goloso en llamas" de Rodicio.

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