La tribuna

Josefina Junquera Coca

Olvidadas, escondidas y silenciadas

09 de marzo 2011 - 01:00

EN estas fechas conmemoramos la causa de la igualdad y reconocimiento de las mujeres. Evocamos momentos de esa lucha, sus logros y a algunas de las protagonistas. Pero han existido otras mujeres que, siendo grandes, experimentaron el destino de tantas: ser olvidadas, permanecer escondidas o mantenerlas silenciadas.

En una librería de viejo de Salamanca encontré un curioso librito bellamente encuadernado que relata la vida y obra de cien músicos españoles. Desde Alfonso X a Manuel de Falla. Sólo encontré el nombre de una mujer: Esmeralda Cervantes. Su historia sorprende. En realidad, se llamaba Clotilde Cerdá y Bosch. Nació en Barcelona en 1862, hija del ingeniero autor del plano del Ensanche barcelonés. Fue la arpista más célebre de su tiempo. Dio su primer concierto en Viena cuando tenía 11 años, organizado por los españoles residentes en la ciudad en memoria del autor del Quijote.

El entusiasmo del público fue unánime y la reina Isabel II le impuso el nombre de Cervantes. Ella eligió el de Esmeralda por la heroína de Víctor Hugo y así se invistió con tan artístico nombre: Esmeralda Cervantes. Su virtuosismo con el arpa fue tal que el emperador de Brasil dio su nombre al puente internacional que une Paraguay y Brasil. Su fama e influencia llegaron a ser enormes. Tras un concierto en México en 1878 se enteró de que había un reo en capilla que iba a ser ajusticiado al día siguiente. Ella logró que el presidente Porfirio Díaz lo indultara. Esmeralda vivió un feliz retiro en Santa Cruz de Tenerife acompañada por su marido, Óscar Grosmann. Allí murió un mes de febrero de1926. Nos legó una importante Historia del arpa. Hoy, sin embargo, olvidada.

Descubramos a la mujer escondida. María de la O Lejárraga, diputada por Granada, apoyó a Clara Campoamor cuando reivindicó el voto para las mujeres. Fundó en 1931 la Asociación Femenina de Educación Cívica para educar a mujeres de escasos recursos. A este quehacer público acompaña la labor oculta: escribía las obras de teatro que su famosísimo marido, Gregorio Martínez Sierra, presentaba como suyas. Hemos sabido al cabo de los años que la escritora era ella, el que firmaba era él. Ya anciana y agobiada por las necesidades económicas, María lo descubre al reclamar para sí, una vez muerto el que fuera su esposo, los derechos que como autora le corresponden.

Ambos eran muy amigos de Juan Ramón Jiménez. En el Epistolario (1898-1916) del poeta donde se reúnen las cartas que Juan Ramón escribió a los Machado, Rubén Darío y a los poetas de la generación del 27, encontramos varias cartas enviadas a los Martínez Sierra, a los dos. Pero hay una dirigida exclusivamente a María en la que Juan Ramón le ruega: "Escríbame usted -usted sola- algo en verso". Pero nadie excepto su marido sabe todo lo que es capaz de escribir María. Buena parte de las comedias firmadas por Martínez Sierra salieron de la pluma de su esposa.

En la correspondencia conservada leemos que el famoso dramaturgo la apremiaba constantemente para que le terminara las comedias, traducciones y colaboraciones. Le endulzaba el trabajo con cartas como ésta: "Una atrocidad de besos y abrazos…Trabaja todo lo que puedas. Espero con impaciencia el tercer acto de Torre de marfil, pero no estoy preocupado porque estoy seguro que será bueno". María era una mujer fuera de lo común, de una delicadeza y camaradería extraordinarias. Generosa en exceso y hasta el final, sigue ocultándose tras el nombre del que fuera su marido cuando en los años 40 ya no quedaba entre ellos ningún vínculo amoroso ni marital. Murió en Buenos Aires en 1974. Siguió escribiendo hasta el último día.

Por último, Ángela Figuera fue una de las intelectuales silenciadas por el franquismo durante más de cincuenta años. Esta bilbaína nació en el año 1902. Es una de las voces más profundas y claras de la poesía española. Su libro Belleza cruel es valiente y estremecedor. Con la palabra se alza contra la injusticia y la tiñe de amor y ternura. Profesora de instituto, traductora y bibliotecaria, la Guerra Civil marca su destino y su poesía. Se exilió en México dónde se publicó su libro con un prólogo de León Felipe. En el año 2002, con motivo del centenario de su nacimiento, su hijo saca a la luz en España los poemas de aquel libro con los que Ángela quería dar voz a los perseguidos, los desesperanzados, y tender puentes entre los hermanos separados por un océano. Por estos motivos durante muchos años el silencio cubrió su obra. Uno de sus poemas se titula La rosa incómoda. Murió en 1984.

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