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Miguel Soler Gallo

Mercedes Formica: la posteridad no ignorará tu nombre

Recuerdo a la intelectual gaditana en el centenario de su nacimiento

10 de agosto 2013 - 01:00

A las cinco de la mañana del 9 de agosto de 1913 nació en Cádiz la escritora y abogada Mercedes Formica, en la calle Sacramento, así consta en su partida bautismal. Hasta la fecha, el dato oscilaba entre 1908, 1915, 1916 o incluso 1918. Formica pertenecía a una familia de la burguesía industrial de principios del siglo XX, conservadora y con fuerte apego a la religión. Sin embargo, el empeño de su madre, Amalia Hezode, que no quería ver reflejado en su hija el mismo espejo de mujer educada "a la antigua", le llevó a ser la primera mujer en estudiar el bachillerato en Sevilla y de las pocas que accedieron a la universidad en esta ciudad. Estudió Derecho con muchas reticencias sociales. Siempre mostró una sensibilidad extrema hacia las injusticias, sobre todo en lo que concernía a la mujer. Luchó contra ello cuando le alcanzó el desencanto ideológico y vivió en primera persona la represión franquista que le impedía el normal desarrollo de su profesión por ser mujer. Tras una ardua campaña desarrollada en solitario, fundamentalmente desde las páginas del periódico Abc, impulsó la reforma de numerosos artículos del Código Civil en 1958, que mejoraron la vida de la mujer en el derecho privado, y que se denominó en su honor "La Reformica". En este recuerdo dedicado al centenario de su nacimiento voy a dejar a un lado estos logros y me voy a ocupar de Mercedes Formica y del Cádiz de hace unos cien años, su "salada claridad", basándome en unas evocaciones que la autora recreó de su niñez en unas obras muy poco conocidas y que analizo en mi tesis doctoral.

Formica vive en Cádiz once años, de 1913 a 1924, y en su recuerdo siempre va unida a ella su niñera, Amalia Cámara, que residía en el gaditano barrio de la Viña, y que la sacaba de paseo por varias zonas de la ciudad. Veamos algunas pinceladas de este Cádiz de principios del pasado siglo. Uno de los itinerarios era el que arrancaba en la zona de Canalejas "donde estaban las oficinas de las navieras más destacadas: Trasatlántica, Trasmediterránea, Martínez de Pinillo, y los cafés donde se traficaba el contrabando de Cuba y Filipinas". De ahí se acercaban al muelle gaditano a observar los barcos que permanecían atracados, como "el Reina Victoria, el barco español más importante de aquella época". Luego dirigían sus pasos hacia el paseo de Labra (lo que hoy es la zona de la Plaza España), y contemplaban cómo se construía el monumento a las Cortes: "Estaban las figuras de mármol tiradas en el suelo, y los obreros picaban, con sonsonete melancólico, los bloques cuadrados. Recuerdo que tardó mucho en construirse. ¡Mucho tiempo!". Por aquella zona el viento de Levante, cuando soplaba, era especialmente fuerte: "Viento cabezón, mal educado, viento sin miramiento ni escrúpulos que a codazo limpio estrellaba las ventanas abiertas con un gesto insolente, como diciendo: ¡haberlas tenido cerradas!". El paseo de Labra le producía "tristeza" a Mercedes Formica, ya que significaba el principio del fin de aquel camino, "atravesábamos la Alameda, entonces entablillada de andamios; nos santiguábamos ante la iglesia del Carmen, contemplábamos, llenas de curiosidad, el cuartel de Artillería, con sus granadas en la puerta y sus centinelas de guardia, y nos metíamos en la Avenida de Wilson, dejando a un lado el parque Genovés". La avenida de Wilson corresponde hoy a la calle Benito Pérez Galdós (cuando nació Formica toda la calle se llamaba Sacramento), donde se hallaba el hogar familiar, junto al asilo de las Hermanitas de los Pobres, la capilla castrense, el Hospital Militar, y, al fondo, las cocheras de las Pompas fúnebres y el Club de Tenis. Otras veces el paseo arrancaba en el barrio de la Viña: "En este barrio había, siempre, bullicio. De sus tabernas salían rumores de palmas y los cantes que acompañaban las palmas". Se dirigían hacia el Campo del Sur, lugar en el que "chirriaban los cornetines de los soldados y se escuchaban los golpes de las bombas que lanzaban al mar los artilleros (Pum-pum-pum)".

Pero si había un lugar de Cádiz bien marcado en el recuerdo infantil de Mercedes Formica era la playa de la Caleta: "La gente hablaba muy quedo, por miedo a espantar la pesca. Los marisqueros se remangaban los pantalones […] Al fondo de la playa se alzaba un Castillo. Los que mariscaban se preguntaban, entre sí. -¿Habéis visto los techos de las casas? ¿Habéis visto los techos de los Palacios y las Catedrales? Todo el mundo sabía que, por aquella parte, se había hundido una ciudad".

Cuando partió hacia Sevilla, a causa de un traslado profesional del padre, ansiaba la llegada del verano para regresar a su ciudad natal. Luego vino poco; vinieron muchas cosas… Ya de anciana se la pudo ver alguna vez por Cádiz, con su particular elegancia y simpatía, en la plaza de Mina, recordando cuando jugaba con el resto de niñas al diábolo o cantando el romance del rey viudo: "¿Dónde vas, Alfonso XII? ¿Dónde vas tú por ahí? -Voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la vi" (versión recordada por Formica). Se la veía sentada en un banco, despejada, observando a los niños jugar, riendo para sí. Siempre llevó a Cádiz en su corazón, nunca perdió el acento. Era su alegría, la música... Como ella decía: "En Cádiz no se canta con guitarra. La música se hace con las manos. Con el son de las palmas".

A Mercedes Formica (1913-2002)

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