Melancolía

Es mejor arroparnos en la melancolía y dejar pasar sin verdadera oposición

Es difícil no caer en la melancolía cuando se escribe en un domingo lluvioso de enero. Desde pequeña las tardes de domingo me han parecido tristes. Si encima era tarde de invierno y se escuchaba a lo lejos una radio cantando goles, me invadía el mayor de los desánimos. Crecí, dejé de ir al colegio, terminé la carrera, me casé y en mi casa no se escucha apenas la radio ni se está pendiente del fútbol (somos así de raritos). Pero la tristeza de los domingos es la misma. O el desánimo o la melancolía o el cansancio sin motivo o el miedo chico o qué se yo cómo llamarlo. La vida detenida, estancada más bien, igual que una foto en blanco y negro en la que cuesta reconocerse, aunque nos pasemos las horas muertas mirándola, identificando la ropa, el día, el sitio, todo menos a nosotros mismos porque de repente somos seres extraños. Hay a quien esta sensación le ataca en el año más adelante, cuando el tiempo es más propicio y puede llamarle con su propio nombre: astenia primaveral. Pero a mí es en invierno cuando me mata lenta y dulcemente. Deja su veneno discretamente en una manta para que me acurruque en el sofá, me ofrece el falso antídoto de un libro, me roba el habla y, de vez en cuando, riega con lluvia la monotonía tras los cristales para que todo se vuelva nostalgia y poesía.

Luchar contra la melancolía no tiene sentido, es mejor arroparnos en ella y dejarla pasar sin verdadera oposición porque todo cuánto hagamos será inútil, como inútil es luchar contra todo sentimiento. Por más que pongamos voluntad, nuestro pensamiento en estas tardes siempre se detendrá en los nubarrones, buscará aquello que nos preocupa y, si logramos vencerlo, acudirá presto el recuerdo de lo que nos hizo daño o el problema que no está en nuestra mano resolver.

Explicar la melancolía, que es lo que estoy haciendo ahora, es lo peor que podemos hacer porque todo el mundo nos dirá lo mismo que nuestro propio sentido común, que no tenemos motivos más que para dar gracias a Dios y que lo último en la vida es convertirnos en una persona triste y aburrida. Faltaría.

Quizás por eso, cuando todo el mundo reniega de los lunes, del trabajo y del calor mortífero del verano, yo sonrío por dentro y me hago grande, porque sólo nos hace grande la alegría de vivir cuando nos salpica y nos abrasa. Sólo la alegría nos saca de nosotros mismos y nos entrega con vehemencia a los demás, único antídoto contra la tristeza.

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