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A toda moñas lánguida que se precie le han dicho alguna vez: "¿A ti te encantaría viajar a la época victoriana, a que sí?". A lo que toda moñas lánguida que se precie responde una negativa con despavorido horror. Las moñas lánguidas gustamos de brumas, corsés y héroes byronianos, pero somos bien conscientes de que cualquier viaje al pasado terminaría pronto y de manera abrupta, con nuestro deceso a manos del tifus, la tuberculosis o el cólera. O nuestro ingreso en el primer manicomio a la vista, por inadaptadas.
Misma conclusión -o peor- recibe cualquier ucronía situada en el Medievo, donde la única opción posible de supervivencia hubiera estado soñando delirios pre-galácticos tras los muros de un convento.
Aunque he de confesar que, en los últimos tiempos, me está pareciendo vivir en un escenario cada vez más propio de aquellos viejos buenos tiempos de las cruzadas y el moro.
A las letras y al galeno acudirá quien pueda -quien no, no tardará en ser expulsado fuera de las murallas, más allá de nuestras puertas-. Esa es, de paso, la única selección la natural; la otra, ni se contempla -el 68% de los votantes republicanos en EE.UU. se niega a creer en la falacia evolucionista que dice que descendemos del mono-. La tierra gira alrededor del sol y esas cosas porque la pátina de laicismo resultó ser sólo eso: una fina película en la que creímos unos cuantos y que apenas le costó una tos a la teocracia.
Los miembros disolutos de la nobleza y aledaños hacen el ganso y no pasa nada. El monarca parece golpear a su chofer y nadie da una explicación -¿para qué?-. Hay un salteador outsider -fuera del sistema- que roba simbólicamente a los ricos para dárselo, no tan simbólicamente, a los pobres. E incluso hay quien dice que si la víctima de una violación queda embarazada, la violación no existe -pues la preñez es signo inequívoco de disfrute; si la violación es real, no hay embarazo- y, en plazas y tabernas, se cuenta la historia de horror de un padre que mató y quemó en un horno a sus propios hijos.
Excepto por la presencia en nuestras vidas de la Santa Papa y por la ausencia de peste bubónica, esto es el siglo XIII. O XIV.
Tim Minchin que estás en los cielos. Sácame de aquí.
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