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CONOCÍ a Eleuterio Sánchez en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander durante los cursos de verano de 1979. Llegaba el Lute en un flamante y lujoso -para la época- Peugeot 504 que se había comprado con una parte de la indemnización que obtuvo del conjunto musical Boney M como consecuencia de la reclamación de sus derechos por la famosa canción sobre su vida. Estaba eufórico, sobre todo, por su reciente situación de preso en régimen abierto pero también muy nervioso: iba a dictar su primera conferencia y además en la tribuna de una universidad muy mediática. Sabía que el coloquio giraría en torno a sus delitos, a las famosas fugas y, en general, a su peculiar larga estancia en distintas cárceles. Eleuterio siempre arrastra su personaje del Lute como una condena perpetua, como una pesada losa que, por otra parte, le ha servido para cimentar, de manera muy dolorosa, una nueva vida basada en la cultura.
Los estudiantes de la Menéndez de entonces convivíamos con todos los profesores y ponentes en el majestuoso Palacio de la Magdalena en una clima cuasi familiar. En ese ambiente, recuerdo cómo un día volvíamos, muy de madrugada, a la Magdalena y el portero se negó a abrirnos la verja exterior de entrada. No era plan quedarnos tirados en la calle y le propuse a Eleuterio que saltáramos la valla de mampostería por una parte que tenía más de dos metros de altura. La siguiente imagen era la de Eleuterio a horcajadas, encima del muerte, pasando a todos los integrantes del grupo a base de poderío muscular. Luego supe que el portero, al reconocer al propietario del Peugeot, quiso extremar su celo profesional y también, de camino, se quedó de lamentable mirón intentado ver, en la penumbra, las piernas de las chicas con faldas, cuando se apernacaban sobre la valla.
Hace unas semanas coincidimos casualmente en un vuelo de bajo coste (en los que hablar todavía es gratis) y al rememorar esta anécdota me dijo que la tenía recogida en su nuevo libro, Cuando resistir es vencer. He gozado con su lectura porque, además de estar escrito con soltura y amenidad, uno se adentra en su experiencia vital desde que consiguió ser "campusiano" (preso en régimen abierto) hasta nuestros días. El texto sorprende en cada capítulo y consigue desmitificar al Lute, detallando su propia historia de superación personal. Conviene recordar que es merchero, etnia minoritaria trashumante, y de familia tan humilde que fue entregado al cuidado de otra algo acomodada. Confiesa que el hambre fue su primer conocimiento. Su padre era presidiario y su madre sordomuda, y él mismo permaneció analfabeto hasta los 22 años cuando, como autodidacta, aprendió a leer y escribir en prisión. Descubrir la cultura le supuso una verdadera y definitiva fuga espiritual. Siendo civil fue condenado a muerte por un tribunal militar y luego la pena se la conmutaron por cadena perpetua. Pasó dieciocho años en la cárcel con sonadas fugas entretanto, que alimentaron la fama de inteligente y temerario prófugo de la Justicia. Y además estudió Derecho en chirona. Con el vigente Código Penal la condena de aquel último robo (en el que asegura no manchó sus manos de sangre) no pasaría, en principio, de los cinco años.
Contiene el libro muchas enseñanzas, derivadas de su vuelta a la vida ordinaria en libertad. Casi nadie cumplía lo prometido y se intentaban aprovechar de su imagen. Tierno Galván, que le aseguró incorporarlo a su bufete, no lo admitió y le recomendó que se hiciera agente de seguros. Recientemente tuvo un problema por una denuncia de violencia de género de la que ha salido absuelto. Hoy día, a sus 71 años, termina el último capítulo con una actitud positiva: siempre hay que remontar el vuelo; y proclama que lo único que está prohibido en la vida es tener miedo.
Un guardia civil le impuso el mote del Lute contra su voluntad y, claro, abomina de ese alias, por el que nadie que lo aprecie osa llamarlo. Camilo José Cela, que lo visitó en la cárcel y al que tanto admiraba, decía que en esto de los apodos no hay ninguna buena fe. Curiosamente el título de estas memorias se parece al lema del Nobel: "El que resiste, gana".
Quizá este libro hubiera merecido otro título. Algo más drástico y definitivo. Porque Eleuterio con su desgarradora prosa ha ajustado cuentas con el Lute, se ha liberado de él y, por fin, lo ha despedido. Y el Lute, ya algo mayor, remolón y bastante contrariado, ha terminado yéndose en su viejo Peugeot pero me temo que nunca andará muy lejos. ¡Enhorabuena, Eleuterio!
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