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EL convento de los franciscanos en Cádiz tenía una extensión enorme, que se prolongaba en sus huertos hasta la plaza de Mina. En aquel recinto, desde que se estableció hace cuatro siglos y medio, el mayor tesoro y el centro de los cultos fue su iglesia. En ella se empezó a propagar, desde 1566, el culto a la Vera Cruz, con una hermandad que se había fundado. En aquellos primeros años, no poseía todavía su actual capilla, que data del siglo XVIII. Pero empezó a crecer la devoción por el Crucificado y por la cruz verdadera.
El Leño Verde (al que alude Lucas en su Evangelio) es Cristo, martirizado a pesar de ser inocente. Pero la Vera Cruz se convirtió también en el símbolo perfecto. Aquella cruz pudo ser una más, un gran trozo de leña, preparado para ajusticiar a cualquier malhechor en un monte de Jerusalén. Quiso el destino que aquella cruz (y sólo esa) sintiera el sufrir del verdadero Leño Verde. Y así se convirtió en el Lignum Crucis, que una vez hallado se propagó por el mundo.
Si era un milagro o no, a los hechos me remito. Sólo con recordar lo ocurrido en Cádiz, se siente su fuerza. Como indica Miguel Ángel Castellano en sus apuntes históricos sobre la cofradía, en 1596 fue saqueado el convento de San Francisco por los ingleses en su asedio a Cádiz, y el prioste de Vera Cruz, Cristóbal Marrufo, fue encarcelado en Londres. Resistió la desamortización eclesiástica en 1834. Resistió también dos repúblicas anticlericales: en la Primera, en 1868, quisieron derribar la iglesia para construir una calle. En la segunda, en mayo de 1931, saquearon la iglesia y quemaron las antiguas imágenes de la Soledad, San Juan y la Magdalena en la plaza de San Francisco. Incluso en la posguerra, esta cofradía no se perdió gracias a Ramón Grosso. Y, a principios de los 70, un grupo de jóvenes convenció al doctor Evelio Ingunza para que fuera prioste y no desapareciera.
En el Cristo de Vera Cruz está presente la mejor gloria artística de Cádiz. El anterior, que se conserva, es de papelón y vino de las Indias. El actual se consideraba de origen napolitano y fue donado por el tesorero, Juan Gómez de Figueroa, en 1773. Aunque Sánchez Peña lo ha atribuido a la escuela genovesa y el círculo de Maragliano. Las Indias e Italia, que tanto aportaron a Cádiz, le dieron también el alma a esta cofradía.
Hoy, cuando el arzobispo de Toledo y primado de España, Braulio Rodríguez, oficie la misa estacional conmemorativa de estos cuatro siglos y medio, o cuando salga a las calles, en una procesión tan especial y diferente, entendamos que el tiempo se postró de rodillas ante un Leño Verde. Su milagro es la vida que brotó de la Vera Cruz.
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