El ambiente indica que José María González sigue siendo el favorito de Cádiz a mitad de mandato, pese a los síntomas de agotamiento. Ni derrocha apego al cargo, ni disimula el deseo por recuperar su tranquila vida de profesor. Su problema es que tampoco le atrae bajarse del tren en marcha y dejar a su gente huérfana. Sus rivales sondean sus opciones para ganar, pero aún no cuentan con el entusiasmo del respetable, ni de los compañeros de partido. De esta suerte es imposible conocer el cartel de la oposición. Y lo que nos da miedo es que los próximos candidatos sean peores que los actuales. Hace tiempo que faltan auténticos líderes capaces de regenerar la política y encandilar. Los que pueden, no quieren, y los que quieren, no saben. Sobra talento, pero el personal está más cómodo en su zona de confort que tirando del carro y exponiéndose a la crítica. Es más fácil predicar desde la grada del circo romano que dar trigo. Pero por mucho que miremos a otro lado, los gobernantes que tanto censuramos por pasarse la vida intrigando sin dar ni golpe, son una copia auténtica de nosotros, y basan su éxito en el culto a la imagen y la propaganda. Muy pronto, haciendo gala de la fina ironía, más de un joven lucirá una camiseta en la que se leerá: "Tengo 125.000 seguidores y dos millones de likes diarios". Reiremos a su paso, pero las redes sociales invitan a esta clase de publicidad.

¿Quién está dispuesto a arrimar el hombro a cambio de nada? Si somos incapaces de cuidar de los mayores, ¿cómo preocuparnos de los demás? Con lo que nos cuesta ceder el paso y detenernos cuando alguien intenta aparcar, con lo ancho que nos quedamos tras decir a los niños que cada vez hay más gente en las colas del hambre y durmiendo en la calle porque les da la gana, ¿cómo esperar de nosotros que nazca una auténtica vocación de servicio público? Si Kennedy resucitara para recordarnos que somos gente guapa y poderosa, próspera y preparada, pero a la vez tan egoísta y miope que no admite que la humildad ha de ir por delante de la soberbia en toda sociedad que pretenda avanzar; si a la vez ensalzara la cultura del esfuerzo y nos afeara que le hayamos enseñado a los jóvenes todos sus derechos sin acordarnos de las obligaciones, seguramente diríamos de JFK que no es más que un charlatán. Hoy prestamos más atención al Gran Hermano que a los gobernantes.

Ellos no pueden retomar el camino perdido sin ayuda. Y la ciudadanía no ha de olvidar que las cosas no surgen por arte de magia. Sin proteger ciertos valores, tampoco nacerán auténticos líderes para renovar las instituciones. Nadie lo dejará todo, salvo que no tenga nada que perder, para dedicarse a mejorar la sociedad del todo gratis, que olvidó un buen día que los comienzos son duros y que la educación hunde sus raíces en el sacrificio. Una sociedad que se sabe de memoria que tiene derecho a un trabajo y a una vivienda digna, a todo tipo de ayudas, a una sanidad y una educación y una justicia gratuitas, y que ofrece toda clase de títulos sin aprobar una asignatura, pero que no es capaz de sacrificarse por los demás, ni de pensar en el futuro, ni de entender que nada es gratis. Una sociedad incapaz de reaccionar ni aunque por primera vez sus hijos, la generación de la pandemia, vivan peor que sus padres. Una sociedad a la que le encantan el orden y el progreso, pero que prefiere que se lo den todo hecho los Kichi, Juancho, Mara, Vila y compañía, para poder despellejarlos vivos y darle al me gusta.

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