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José Macías Martín

Jueves Santo: institución de la Eucaristía, Día del Amor Fraterno

28 de marzo 2015 - 01:00

EL Jueves Santo, Jesús, conocedor de todos los acontecimientos que vendrían después, les dice a Pedro y a Juan: "Id a la ciudad y he aquí que así que entréis en ella encontraréis a un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidle hasta la casa y preguntarle al padre de familia, dueño de la casa: Mi tiempo está cerca, ¿Dónde está el aposento en donde he de comer la Pascua con mis discípulos?".

Es el gran día del amor. Los cielos cantan la gloria de Dios: eucaristía, sacramento de nuestra fe, decimos rezando en la misa. Eucaristía, sacramento del amor de Cristo y de nuestra acción de gracias, hasta la consumación de los siglos.

En este día los cielos y la tierra realizan una conjugación admirable y perfecta para exaltar la gloria de Dios.

Por eso el sol radiante cubre a la ciudad con vestiduras de oro para hacerla digna de contemplar y cantar al mismo tiempo que a Dios que camina por la ciudad, las grandezas que salieron de sus manos divinas.

El aire tibio y suave, primaveral, besa con gozo cuanto encuentra a su paso y el pueblo de Dios experimenta, en su interior, una sensación de júbilo inefable, que solo justifica la presencia de Dios que todo llena, porque todo es amor.

Nuestro pueblo, fiel a sus creencias, centra todo su amor a la Eucaristía, que es la expresión y sello de la nueva alianza de Cristo, que restablece por la Redención, la amistad con el Eterno Padre, que también, por amor, se quedó con nosotros para siempre en la identidad de su Hijo Divino.

Y también, La Isla, debía reservar para este día del Jueves Santo, la mayor explosión de su religiosidad profunda, para ponerla a los pies del sacramento augusto, en la reverente intimidad de los sagrarios. Es el gran día del amor, el gran día del amor de Cristo a los hombres. Del culto a la eucaristía, que es el centro de vida y salud del alma auténticamente cristiana.

Jueves Santo, día del Amor Fraterno. Ese amor que es el que hace de la caridad un estilo de vida y ayuda al que sufre. El amor que nos lleva a la paz, de la que tan necesitada está la humanidad.

Jesús, que lo dio todo por el hombre; que colmó la hermosura a lo que ya era hermoso y de bondad a lo que ya era bueno y de poder a los poderosos. Es verdad que todo esto, solo lo puede hacer realidad la caridad de Dios, porque, como dice el apóstol San Juan: "Dios es caridad, Dios amor". Por eso el Jueves Santo es el día del amor sacramentado, porque exalta y enaltece al maestro en amor.

Es el amor del cual San Pablo celebra con entusiasmo sus admirables dimensiones: La altura que se eleva por encima de los cielos; la profundidad que desciende hasta los abismos; la amplitud que abarca la inmensidad y la longitud que llega a la eternidad. Es el amor que llevó a Jesucristo a esos prodigios de la humillación y de anonadamiento para rescatarnos del pecado y de la muerte.

La Isla, en este día del Jueves Santo, se hace y transfigura en un ambiente de alegría, que toda ella radiante, se hace a la calle, de extremo a extremo. Es porque la alegría se traduce en santa sed de eucaristía y a la que rinde culto brillante y solemne, con la entrega generosa y a la penitencia austera y hasta con la belleza de sus mujeres, que también se hacen en este día protagonistas de la manifestación, con sus vestidos negros, como símbolos de amor y enmarcados sus bellos rostros en el dosel de su negra mantilla y entrelazando sus manos con rosarios de perlas, que las hacen más devotas, más amorosas.

A este ambiente, debemos añadir el aroma del incienso que, en volutas de humo sube hasta el cielo o se mezcla con el perfume del azahar que brota de los naranjos. Alegría y gozo en las calles; silencio y oraciones en los templos y en los conventos y en el pueblo, una alegría jocunda de Resurrección presentida, porque Dios se quedó entre nosotros.

Alabado sea el Santísimo Sacramento, sea por siempre bendito y alabado

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