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SI sus señorías han leído la novela de Rodrigo de Zayas El jinete morisco entiendo que hayan decidido proponer y aprobar una reparación histórica de la injusta expulsión de los moriscos decretada en 1609. Pasado el calentón literario, convendrán conmigo en que modificar el pasado, aunque sea por la vía de la refutación intelectual, es tan absurdo como pretender modificar el futuro, aunque éste sea el negocio que a tantos les concierne.
No pararíamos de reparar desmanes históricos. Basta con leer las migraciones forzosas de la Biblia o saber por Henri Pirenne, ese estudioso francés que tanto le gusta al actor Juan Diego, que los bárbaros no querían invadir Roma, simplemente les empujaron. En Europa el deporte de las reparaciones daría pie a un protocolo interminable, porque este espacio del bel canto fue escenario de las más cruentas salvajadas, pero no es ético ni estético que los políticos usurpen la labor de los historiadores.
A la misma hora que ayer Rodrigo de Zayas presentaba su espléndida novela, a mí me tocaba hacer lo propio con la ópera prima de un jovencísimo escritor. Álvaro Villalobos acaba de cumplir 25 años. Sevillano de nacimiento, trabaja de periodista en París adscrito a la agencia France Presse. Padre granadino y madre almeriense, son también las patrias de una novela, El afán del barro, que ha salido de una imprenta de Albolote (Granada) y edita una firma de Mójácar (Almería). No voy a desvelar la trama, centrada en la estresante fiebre del ladrillo. Me interesa su génesis, su introito. La trama empieza con un andaluz que se vio obligado a emigrar a Francia y con las rentas de ese exilio económico decide volver a su patria.
No sé si a algún diputado se le ha ocurrido presentar una proposición no de ley para reparar la injusticia histórica cometida contra los emigrantes, aunque ellos en su generosidad y esfuerzo la convirtieron en un acto de justicia. Pienso en esos emigrantes cuando leo el editorial que doce periódicos catalanes han publicado al alimón para oponerse frontalmente a cualquier recorte a su Estatuto. Olvidados en las librerías de la progresía, los libros de Alfonso Carlos Comín y Francisco Candel narran la anábasis de esos miles de andaluces, murcianos, extremeños y manchegos que emigraron a Cataluña. ¿Está su sudor, su aportación incorporada a alguna de las leyes del Estatuto? Fueron los moriscos del siglo XX y nadie se acordó de ellos salvo las canciones de Quintero, León y Quiroga.
En esta dinámica, sólo les falta solicitar a la Unión Europea que prive a Massiel de su triunfo en Eurovisión por haber sido a costa de vejar la identidad cultural catalana. Todo se andará. Quitémosle hierro. Lo que quieren es calentar el Barça-Madrid.
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