Su propio afán
Enrique García-Máiquez
Un pronóstico a ciegas
LA presencia en Cádiz de un museo de marionetas, cuya idea desde aquí aplaudimos, nos permite, de una parte sugerir su visita y enriquecernos con su contenido, de otra, reflexionar acerca de su significado e importancia desde el punto de vista literario y teatral. En este año conmemoramos los 125 años de la muerte de Carlo Collodi quien con su obra Pinocho inmortalizó este género literario del que disfrutamos en nuestra infancia. Todos gozamos con las representaciones de la Tía Norica, Cristobalito o el propio Pinocho, hoy al recordarlos nos llenamos de nostalgia y procuramos, cuando nos es posible, asistir a alguna representación.
Cada país tiene sus marionetas, en Cádiz podemos encontrar piezas procedentes de Sicilia, Turquía, Isla de Java, Ghana, México o Rusia, todas con caracteres y formas diversas: existen marionetas a quienes dan vida un dedo, un guante unido o una varilla, todos tienen la finalidad de cobrar vida para estimular la imaginación del pueblo. Los títeres reparten siempre ilusiones.
Nadie duda de que la literatura, desde el principio de los tiempos ha sido una aliada incondicional de la tarea educativa. El teatro de marionetas consigue el máximo disfrute con el mínimo esfuerzo, haciendo así realidad la máxima de Bertrand Russell: el resultado más alto de la civilización consiste en la capacidad de elevar el ocio inteligentemente. Michael Ende habla de la literatura como creación de una serie de valores.
Como el niño conoce la voz de su Madre, así nosotros conocíamos las voces de Pinocho, o Polichinela. Los niños poseen un sentido de esa magia verbal que al margen de toda significación lógica nace en las entrañas del lenguaje.
De la importancia de dicho teatro nos hablan los testimonios aportados por los viajeros europeos que llegan a Italia en el siglo pasado: Lady Morgan habla de la unión existente entre espectadores y actores, esforzándose ambos en comprender e interpretar el significado de cuanto observaban. En 1827 la condesa Potocka muestra a través de sus cartas el gran entusiasmo existente por dichas representaciones. Cervantes nos habla en El Quijote del teatro de Títeres que existía en nuestro país.
Sicilia destacaba por el célebre Teatro de Pupi, espectáculo popular, de origen español, llevado a Nápoles en el siglo XVIII en tiempos del virrey Rodrigo Ponce de León, siendo los "pupari" Greco y Grasso los que lo divulgan en la isla.
Son notables las dos escuelas sicilianas, la de Catania y la de Palermo, ciudad donde podemos disfrutar de la visita del museo de marionetas. Se trata de grandes marionetas que narran los hechos más destacados de las canciones de gestas y el ciclo de literatura medieval. Representaciones de las mismas tienen lugar diariamente en un pequeño teatro de Palermo.
Durante el siglo XVIII se representó este tipo de espectáculos en Roma, Florencia y Nápoles. Palacios y casas privadas tenían un lugar reservado para ello. En verano el teatrino se instalaba en medio del pueblo para alegrar la siega y la vendimia.
A partir de 1746 el Conde Angelo María Labia construyó el primer teatro de madera en Venecia.
Poco a poco en cada una de las grandes ciudades aparecieron personajes característicos; así en Toscana Stenderetto, en Venecia Francapana, Fagiolino en Piamonte y Guiseppino en Liguria. La Guía Bibliográfica del teatro dedica una importante sección al teatro de Marionetas afirmando que es el justo heredero de la Comedia del Arte Italiana. La marioneta tiene vida propia y consigue apoderarse de su propio creador, es la fantasía en estado puro.
Carlo Collodi, creador de uno de los personajes más universales, Pinocho, verdadera fábula de la vida humana. Sus orígenes fueron unas crónicas enviadas al Giornale per Bambini de Florencia, al parecer mientras escribía estas crónicas aliviaba su frustrada paternidad y su particular creencia en la bondad del hombre. Aquellas inolvidables páginas supusieron una convulsión en la sociedad. La narración inicia con "había una vez un trozo de madera tosco y casi olvidado" que dio vida a este personaje símbolo de la humanidad. Aquel madero destinado a dar calor en las frías noches de invierno, se convierte en un simpático muñeco en manos del maestro Ciliegia.
Paralelamente nace el Guiñol, con otras características como la falta de cultura y el silencio, por ello mientras uno tiene valor de eternidad, otro se juega su existencia cada día al alzarse el telón. Unos y otros son constitutivos de cultura perfectamente adaptados a las diversas situaciones, ofrecen alegría y horas felices.
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