La firma invitada

Santiago Mª Gassín, Sdb.

Fundación de la Congregación Salesiana

21 de diciembre 2009 - 01:00

EL 18 de diciembre de 1859 un grupo de jóvenes junto a San Juan Bosco daban inicio a lo que estaba empezando a nacer como una hermosa historia de amor entre la Iglesia y los jóvenes: la Congregación Salesiana.

El santo italiano llevaba años intentando responder a los problemas de multitud de niños y jóvenes que llegaban a Turín (Italia) desde pueblos y aldeas del Piamonte buscando un trabajo, mejorar sus condiciones de vida y llevar un poco de dinero a sus hogares, si es que aún los tenían, porque muchos de ellos habían quedado huérfanos a causa de la guerra o de las epidemias.

Albañiles, aprendices de carpintería o de herrería, mozos de tienda o café, obreros de las fábricas, pequeños limpiachimeneas por los que D. Bosco sentía una especial predilección y de quienes dijo una vez: "era negra su cara, pero qué bella su alma", y tantos jóvenes que vagaban por calles y plazas, "y jugaban, se peleaban, blasfemaban y hacían cosas incluso peores", según cuenta el mismo Don Bosco. Todos ellos venían buscando un futuro mejor, una esperanza que los sacara de la miseria pero, las más de las veces se encontraban con abusos de todo tipo: niños de 8 a 12 años, subiendo y bajando andamios poco seguros, con sol y lluvia, bajo el viento, cargados con cubos de cal, ladrillos, subiendo por escaleras de mano sin más ayuda educativa que vulgares reprimendas o algún golpe o trozo de ladrillo lanzado contra ellos; jornadas laborales de ¡16 a 18 horas al día durante siete días a la semana! Y todo esto, sin contar la cantidad de jóvenes que poblaban las cárceles mezclados con adultos y de los que Don Bosco llegó a decir después de ir a visitarlos: "hay un gran número de jovencillos de 12 a 18 años, todos sanos, robustos, de inteligencia despierta. Verles allí inactivos, comidos por los insectos, faltos de pan espiritual y material, fue algo que me hizo espantar. Muchos eran arrestados porque se encontraban abandonados a sí mismos". Y pensaba: "Estos chicos deberían encontrar fuera un amigo que se cuidara de ellos, los asistiera, los instruyera, los llevara a la iglesia en los días de fiesta. Entonces quizá no volverían a caer".

Este es el panorama juvenil que se encuentra Don Bosco a mediados del siglo XIX en Turín y, sintiéndose llamado por Dios, se pone manos a la obra. Quiere conseguir de niños y jóvenes que sean honrados ciudadanos porque sean buenos cristianos. Fe y razón, cultura y espiritualidad, sazonadas por la caridad que todo lo puede y el sentido de familia, no son polos contrapuestos en el sistema educativo de Don Bosco, más bien se complementan. Pero el número de jóvenes que llegan a Don Bosco crece sin parar y él no da abasto. Si desea atender dignamente a su formación espiritual y material, necesita de otros que quieran entregarse sin reservas a esta labor ingente. Después de varios intentos con buenos sacerdotes que le ayudaban pero que, al poco tiempo le dejaban, Don Bosco encuentra la solución: ¡serán los mismos jóvenes los que le ayuden en su labor! Fue la fórmula perfecta.

El 9 de diciembre de 1859 llama a 19 de sus mejores jóvenes a su habitación y les hace la propuesta: "Desde hace mucho tiempo meditaba en crear una Congregación. Este ha sido desde hace muchos años el objeto principal de mis atenciones. Pío IX alabó mi intención. Se trata ahora de constituirla formalmente, de darle el nombre y aceptar las reglas. Serán adscritos solamente aquellos que, después de una madura reflexión, quieran emitir los votos de pobreza, castidad y obediencia. Vosotros habéis sido elegidos por mí, porque os juzgo aptos para convertiros un día en miembros efectivos de la Pía Sociedad que conservará el nombre de Salesiana… Os dejo una semana de tiempo para que penséis en ello. Salieron en silencio. La semana siguiente todos siguen sus tareas habituales como si nada, pero en el corazón llevan las palabras de Don Bosco. Hablan entre ellos. Alguno teme que Don Bosco los quiera hacer frailes. Juan Cagliero, que un día llegará a ser misionero y el primer obispo y cardenal salesiano, pronuncia la histórica sentencia: "fraile o no fraile, yo me quedo con Don Bosco".

El 18 de diciembre, a las 9 de la noche, en la habitación de Don Bosco entraron diecisiete. Sólo faltaron dos. De los diecisiete, quince tenían entre 15 y 21 años. Serán los primeros salesianos. 30 años después llegarán a ser 1636. En 1967 llegarán al máximo histórico: 22.810 en los cinco continentes atendiendo escuelas, oratorios y centros juveniles, parroquias, casas de acogida, talleres y escuelas profesionales, universidades, etc. Junto a ellos, otras muchas personas trabajan hoy por los jóvenes: Hijas de Mª Auxiliadora, Antiguos Alumnos, Asociación de Mª Auxiliadora, Cooperadores, profesores, animadores, catequistas…

¿Pero cuál fue el secreto de Don Bosco en su condición de Fundador de la Congregación y de la gran Familia Salesiana? En primer lugar, una profunda vida interior fundamentada en los Sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, en la devoción a Mª Auxiliadora y en una fidelidad sin fisuras al Romano Pontífice. Son los pilares sobre los que se sustenta su identidad religiosa y sacerdotal y la identidad de todo salesiano según su deseo. Y, en segundo lugar, una valoración auténtica de los elementos evangélicos de los que la gente sencilla es portadora: la caridad, la capacidad de sacrificio, la generosidad, la capacidad de encontrar la alegría en las cosas pequeñas, de escucharse y entenderse, de considerarse personas sencillas que lo mismo suben a un escenario para una obra de teatro que suben al Altar de Dios para ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa o bajan a la cátedra salesiana del patio para jugar o hablar con los muchachos.

Quiera Dios bendecir a la Congregación Salesiana con santas vocaciones que sigan fielmente la estela de Don Bosco consagrándose a Dios en el servicio a la Iglesia y a los jóvenes, prestando su servicio a la sociedad en la educación y evangelización de la juventud. Porque hoy, como ayer, los jóvenes necesitan unos valores y virtudes que cultivar, una orientación para sus vidas, una espiritualidad que los fortalezca, unos ojos que los miren con simpatía y, sobre todo, un corazón que los ame gratuitamente y les ayude a encontrarse con Aquel que da el sentido a la vida y que los ama más que nadie en este mundo: Jesucristo, el Buen Pastor.

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