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Fineza

Se hace necesario abogar por una discusión pública que no nos rebaje a la condición de bestias

No más de una docena de personas seguimos la semana pasada el interesantísimo coloquio entre Javier Tajadura, sabio profesor de derecho constitucional en la Universidad del País Vasco y reciente autor de La jefatura del Estado parlamentario en el siglo XXI, y su brillante presentador nuestro Víctor J. Vázquez, que como muchos de sus colegas compagina el estudio y la investigación con el análisis de la actualidad y hasta la participación activa, no infrecuente entre los juristas, en la vida política de la nación. Dejando ahora al margen el contenido de esta ambiciosa obra colectiva, donde reconocidos especialistas han examinado en profundidad las atribuciones no sólo decorativas, como habitualmente se piensa, de los jefes de Estado, en un recorrido que desglosa y compara las peculiaridades de distintas monarquías o repúblicas europeas, incluido el caso español, querríamos detenernos en el modo en que ambos oradores expresaron sus puntos de vista, acogidos a la hospitalidad y el elegante marco de la librería Yerma. No es un secreto para nadie que la máxima magistratura atraviesa entre nosotros un momento delicado, debido a la conducta poco ejemplar del anterior titular -por decirlo con el respetuoso eufemismo que merece su figura, en atención a los servicios prestados- y a la impugnación abierta de importantes minorías con representación parlamentaria, que han conseguido reabrir un debate de otro tiempo. El declive del rey emérito, los problemas familiares y las mil dificultades de su sucesor, ciertamente ninguneado por el Gobierno actual con su presidente a la cabeza, pero también utilizado de forma dañina e interesada por la oposición, son cuestiones que trascienden la crónica rosa y afectan al núcleo mismo de la democracia española, a no ser que pensemos -como piensan los que sueñan con derribarlo- que el orden constitucional es un lastre prescindible. Es ese orden el que permite defender las ideas republicanas o apelar, si se quiere, al cantón o la comuna, pero habría que exigir a nuestros representantes un mínimo de rigor, lealtad y sobre todo decoro. Acostumbrados como estamos al espectáculo de todos esos patanes que dirimen sus pleitos a gritos, sin más recursos que el insulto o el chascarrillo, alegraba escuchar la otra tarde una conversación de altura, caracterizada por la cordialidad, la limpieza de los argumentos y la forma civilizada y exquisita de verbalizar la discrepancia, atenta a los matices y alejada de los planteamientos viscerales. Frente a demagogos y arbitristas, columnistas tóxicos y tertulianos encanallados, se hace necesario abogar por una discusión pública que no nos rebaje a la condición de bestias.

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