Laurel y rosas

Juan Carlos Rodríguez

Díaz-Cañabate y el vino de Chiclana

21 de agosto 2016 - 01:00

ANTONIO Díaz-Cañabate (Madrid, 1897-1980) fue un periodista, un lúcido escritor costumbrista que hizo fortuna como cronista taurino en El Ruedo y Abc, periódico donde siguió publicando también críticas teatrales y columnas de opinión prácticamente hasta su muerte. Era uno de aquellos literatos que, como José María Pemán, Pepe y Jesús de las Cuevas, Antonio Murciano, José Luis Tejada… o tantos otros, dieron lustre al "pescao a la teja" en la década de los cincuenta y principio de los sesenta en la bodega de Virués y Moreno: verdadero templo que aunó la pasión por la literatura, por Chiclana, por el "pescao" de estero y por su vino. A Díaz-Cañabate, de tanto escribir y querer a Chiclana, hasta le dieron un merecidísimo homenaje en la bodega de Las Albinas el día de Reyes de 1963, día aquel en el que el río Iro "avanzaba como un tigre desenjaulado", según la crónica periodística que publicó el poeta sevillano Joaquín Caro Romero. Fue apenas unos días después de la riada de 1962, de la que el propio Jesús de las Cuevas escribió que el río se había "salido de madre para atracarse de vino".

Es el vino de Chiclana lo que trae el recuerdo de Díaz-Cañabate, autor de una memorable frase publicada en aquel Abc, más bien una pregunta retórica que encerraba una gran perplejidad: "¿Pasar por Chiclana y no beber vino?". Era el "pescao a la teja", la prodigalidad de Manuel Moreno y Pepe Virués, esa "Chiclana anfitriónida, repartida, multiflora y ocurrente", según la describe Caro Romero, la que habían hecho que Díaz-Cañabate confesara sentirse madrileño y chiclanero. Pero, sobre todo, fue su fino, su moscatel, su oloroso, su amontillado. "¡Qué vinos y qué bodegas más alegres!", como los describieron José y Jesús de las Cuevas. Las bodegas de Chiclana -la Cooperativa Unión de Viticultores Chiclaneros y Primitivo Collantes- ya preparan la vendimia de uva palomina y de moscatel, que este año se retrasa por la incidencia pertinaz del levante. Mientras que la bodega Manuel Aragón, por ejemplo, ya ha comenzado la de su sauvignon blanc. La vendimia -y aquí hay aún mucho por escribir- es un escenario de nostalgia para todo chiclanero: el olor a mosto, la pisa, los cerones…

Quizás la mejor descripción que se ha hecho de ella es la que Pedro Tejera publicó en el "Diario Conservador de Cádiz" el 25 de octubre de 1917, que por aquel entonces, hace ya un siglo, la vendimia, especialmente de uva rey, era especialmente tardía: "Hállase nuestra ciudad en estos días en el periodo álgido de la vendimia -escribe-. Todo es animación, vida activa que se refleja hasta en los más simples detalles callejeros; y prueba de que la cosecha actual es de las más satisfactorias, que tanto establecimientos de ultramarinos, almacenes de tejidos, tabernas y hasta el último tabanquillo, hacen su acopio por la mañana, tarde y noche, con la innumerable clientela que se deja el dinerillo; unos en artículos de primera necesidad y libando en los ratos de ocio y otros, agenciando sus equipos para las próximas fiestas de Todos Santos y Difuntos, días en el que todo el mundo luce y estrena como es proverbial en nuestro pueblo".

El cronista -que también fue crítico taurino- recorre las bodegas de Martín y Mier, Vélez, Arbolí Palma, Viuda de Guerrero e hijos, Pérez Gómez, Gutiérrez y Gómez Aramburu -que son las que cita- para componer su estampa de "luz, color y alegría". Y escribe, por ejemplo: "Cuadrilla de pisadores, así como de arrumbadores, trasegando el caldo grasiento y de color mahonesco procedente de las uvas; bombas impelentes que desde lagaretas le conducen por largas mangueras a los cachones de cubas ya acondicionados hasta en fila cuarta; el chirriar de máquinas pisadores y apretadoras, que ahorran brazos humanos a estos trabajos; recuas y más recuas de borriquillos que no cesan en el acarreo de dorados racimos". Porque, añade, "rara es la calle en que no llegue a los oídos del transeúnte el zapatear de los pisadores en las lagaretas". Noche y día, porque en aquellas vendimias los lagares comenzaban a triturar uvas a las tres de la madrugada y concluían a las siete de la tarde, hora en la que, como cuenta Tejera, comenzaba el reparto de jornales.

Nada es como fue. Mucho han cambiado esas vendimias y esos jornales, esa geografía de bodegas en cada calle y hasta ese vino. No es ya la viticultura esa economía que, como describía Pedro Tejera, "da riqueza y bienestar" al pueblo. Pero el vino, los tenaces viñistas, los pocos bodegueros, sigue siendo una seña de identidad de Chiclana. Parte indisociable de nuestra historia, pero también de nuestro presente. Que acaba agosto y ya muere el verano. Y pasar por Chiclana y no beber vino será, como escribió Díaz-Cañabate, una omisión imperdonable. Como no bañarse en La Barrosa. Aunque tampoco es para ponerse como el "Joselito" de Kiko Veneno, ya saben: "Por ahí viene Joselito,/ con los ojos brillantitos/ por la calle Peñón/ se ha tomado tres botellas/ de Coca-Cola llenas/ de vino de Chiclana./ Ya tiene las ganas,/ ahora solo busca un sitio/ donde le dejen cantar".

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