la tribuna

Javier Clavero

¡Dejen el Algarrobico!

31 de julio 2012 - 01:00

LAS asociaciones ecologistas han vencido en los tribunales, y aspiran, con razón, a que se cumpla la sentencia judicial que dicta que el hotel Azata del Sol en la playa del Algarrobico sea demolido, restituyéndose el paraje natural previo a su construcción. A mí nadie me va a preguntar, pero si alguien lo hiciera le diría lo contrario: que dejen el edificio como un monumento de recuerdo, advertencia y rechazo de la corrupción, para que, al menos en ese lugar de la costa almeriense, no se vuelva a repetir el despropósito. Porque no es el primer caso y tampoco será el último. Pocos fenómenos son tan reiterativos y permanentes como la especulación inmobiliaria, que no respeta régimen, programa o partido que gobierne.

Este año se ha cumplido una década de la voladura del Gran Hotel Atlanterra que se levantaba en la playa de Los Alemanes, situada en el término municipal de Tarifa, pero que geográfica y sociológicamente pertenece a Zahara de los Atunes, pedanía de Barbate. Era un edificio enorme, que prometía riqueza a la zona y centenares de puestos de trabajo. La obra fue paralizada por orden judicial, por invadir ilegalmente el litoral. Entre los promotores había empresarios alemanes, socios locales, intermediarios, alcaldes y concejales. El habitual conglomerado de personajes que no ponen un duro y, ante la primera dificultad, desaparecen sigilosamente con los bolsillos llenos. No se llega a saber nunca de dónde salió el dinero, aunque es evidente que todo corre a cargo de las subvenciones, créditos de las cajas de ahorros y, finalmente, el erario público.

Aunque medien entre ellas cuatro décadas, las historias parecen calcadas. El de Atlanterra era un edificio impactante de nueve plantas, que se alzaba con su forma de pájaro volando hacia el océano, en medio de la playa salvaje. Abandonado, se unió como un cadáver a los múltiples búnkeres que jalonan la costa en esta zona del Estrecho. Con el paso de los años fue colonizado por miles de aves migratorias, vencejos, golondrinas y aviones, que fueron una bendición al limpiar de mosquitos la atmósfera en verano. La mole no consumía, ni contaminaba, ni era dañina en ningún aspecto. Terminó formando parte del paisaje, como silencioso vigilante de la esencia virgen de la playa.

Pero llegaron tiempos de crecimiento, de promesas y expansión económica. El poder prometía ser otro. Convertido en proteccionista, decidió retrotraer el paisaje treinta años, al tiempo anterior a la construcción del edificio. El ministro de Medio Ambiente, Jaume Matas, encabezó el cortejo de cargos que en procesión cívica, rodeada de medios de comunicación, se desplazó al lugar para proceder a la voladura, proclamando el hito en la política de protección y recuperación de la zona protegida de la costa española, "para evitar que construcciones de ese tipo vuelvan a producirse en el futuro" (sic). Se emplearon1.200 detonadores y 175 kilos de goma-2, que redujeron las instalaciones a 105.000 toneladas de escombros. Se gastaron millones de euros.

La espectacular demolición abrió telediarios y páginas de periódicos, como una fiesta de confraternización del poder con los ideales ecologistas. Después, decenas de camiones trabajaron sin descanso para dejar la parcela limpia como una patena. ¿Para qué tanto afán? ¿Para qué tanta prisa? Eso ya no salió en los telediarios. La pomposa representación era la coartada que ocultaba las verdaderas intenciones.

En cuanto las cámaras de televisión se fueron, aterrizaron las constructoras con sus grúas y convoyes de camiones, llenando el terreno de miles de adosados. Sin carretera, sin infraestructuras, las urbanizaciones se multiplicaron, hasta crear en tiempo récord una ciudad imposible. Superpoblada, contaminante y atascada de coches en los meses de verano, mientras permanece desértica el resto del año. "Playa virgen", que no dejaba de serlo a pesar del bullicio, tal fuera un nuevo milagro de la concepción. Era la burbuja. Las casas se vendieron como rosquillas, más por inversión que porque fueran atractivas para los incautos inversores, atrapados ahora con hipotecas desmesuradas.

Si algún día viésemos a los políticos dispuestos a volar el Algarrobico, sería para echarse a temblar. Por lo que costaría a las arcas públicas y por lo que sin duda ocultarían detrás del espectáculo. Más vale que lo dejen tal como ha quedado, sin echar más dinero que todos tendríamos que pagar, como símbolo y emblema, como imputación a los que lo promovieron, algunos de los que, con camiseta cambiada, andan ahora vociferando a favor de la demolición. El tiempo lo integrará en el paisaje, tal como ocurriera con las pirámides de Giza en el desierto o con los templos de Angkor en la selva. Tarde o temprano encontrará su belleza.

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