La firma invitada

Jaime Rocha, Marino

Cuento de verano (real, desgraciadamente)

10 de septiembre 2009 - 09:05

ESTE verano, en esos días especiales en los que los medios de transporte parecen ponerse de acuerdo para abarrotar aeropuertos, estaciones y carreteras, esos días en que, sin acuerdo previo, la mitad de la población del país va hacia algún sitio y la otra mitad regresa de ese mismo sitio, en uno de esos días, tuve que hacer un viaje en tren.

Fue un desplazamiento rápido de ida y vuelta en apenas veinticuatro horas.

En uno de los trayectos, el que realicé justamente en esos días de abarrotamiento total, sentados en las butacas colindantes con la mía, viajaban un padre y su hija de apenas cinco o seis años. Él rondará la treintena, no más.

Ya desde el inicio del viaje, el comportamiento de ambos sugería que viajasen solos en el vagón; la niña llamaba sistemáticamente a gritos a su padre, aunque lo tenía al lado, para pedirle cualquier cosa, desde agua a un juego, pasando por su necesidad de acudir al lavabo. Todo normal, tratándose de una niña tan pequeña, a no ser por los gritos que daba en cada ocasión, y el poco respeto y la exigencia con que se dirigía a su padre.

Pero nada extraño a juzgar por el comportamiento de su ‘progenitor A’. El joven dispone de uno de esos teléfonos modernos que hacen de todo y parece que te están incitando continuamente a hacer uso de ellos, bien para mantener una conversación telefónica de la que todos los pasajeros participábamos tratando de adivinar las frases de su interlocutor o interlocutora, bien para obtener una instantánea de la niña o, lo que es realmente insoportable, deleitarnos con una música estridente a un volumen ensordecedor a la que acompañaba con algunas palmas y ligeros canturreos. Era, mayoritariamente, esa música ‘fusión’ de flamenco y otra cosa que no sé definir y que, por lo oído, (en esos coches-discotecas que nos amenizan las calles) debe ser lo último en música-disco.

Ni qué decir tiene que, tanto el inspector como los ‘mozos’ de la Renfe, pasaron varias veces por el vagón sin inmutarse lo más mínimo, ni siquiera para sugerir al joven melómano que bajara el volumen de su ¿MP3? Que por cierto dispone de sendos auriculares, por lo visto inutilizados, o porque nuestro protagonista prefiere el sonido puro rasgando el aire del vagón, o simplemente porque, movido por su generosidad, quería que compartiéramos con él tan bellas melodías (creo que es lo que les pasa a los de los coches, lo hacen para nuestro deleite). Nada de nada, como si no existieran padre e hija. Pienso, al ver la actitud de los empleados de la compañía ferroviaria, que no tenían ganas de discutir, al fin y al cabo, el ambiente general era de vacaciones y ellos también tienen derecho.

Más de cuatro horas en las que uno ya no sabe qué hacer, imposible concentrarse en la lectura, ni siquiera en la soporífera película que ponen. Sólo la liberación de alguna esporádica visita al baño o a la cafetería daban algún respiro.

Mi capacidad de asombro casi no tiene límite, dada mi edad y experiencia, pero lo que me quedaba por ver era sencillamente increíble.

Estábamos próximos a nuestro destino, cuando el joven viajero bajó la bandeja de su asiento, metió la mano derecha en el bolsillo de su pantalón y sacó un puñadito de lo que aparentemente era tabaco (la antigua picadura). Luego le aplicó el fuego directo de un mechero de gas, a modo de lanzallamas y, con una habilidad digna de mejor causa, extrajo un papel de fumar y se lió un ‘porrito’ en un visto y no visto. Todo manteniendo sus manos debajo de la bandeja, alejadas de la visión de quienes pasaban por los pasillos.

Me quedé mirando fijamente sus manos, lo percibió y, haciéndose acompañar por su hija, ambos salieron al espacio entre vagones, a mi espalda, donde permanecieron por unos minutos. Regresaron como si tal cosa. La niña no mostró en ningún momento extrañeza ante lo que estaba viendo.

Esta juventud nuestra, no es que no tenga valores, ni los más elementales rudimentos de educación cívica (respeto al prójimo), es que están educando a sus hijos de una forma que asusta intuir sus consecuencias.

Hemos conocido este verano dos lamentables sucesos de violaciones a niños de trece años, en algún caso por otros niños de su misma edad.

Ya se han apagado los ecos de estos graves sucesos y estos políticos garantistas que nos toca sufrir se han quedado tranquilos: “No hay que legislar en caliente”, decían, dicen siempre en estos casos. Se pasa la fase ‘caliente’ y tampoco hacen nada. Aguardan, indiferentes, pasivos, negligentes, hasta que suceda un nuevo caso. Entonces, vuelta a empezar, recogida de firmas, fotos de los políticos con los padres, intentos de linchamiento… En fin, el circo de siempre.

O yo estoy muy equivocado o estamos, están, perdiendo un tiempo precioso para hacer un Pacto de Estado por la Educación.

Si lo está demandando todo el país, ¿a qué esperan?

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