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EL diccionario de la Real Academia de la Lengua Española recoge en su última edición que la palabra costalero viene de costal, y se dice del "esportillero o mozo de cordel, especialmente el que lleva a hombros un paso de una procesión". Los costaleros son en definitiva ganapanes, es decir aquellos hombres rudos y toscos de la antigüedad que en cualquier caso se fajan ante la adversidad y deciden sentir en sus propios cuerpos la dureza de la vida. Vamos, la síntesis de un puñado de cosas. Todas ellas, tal como las entiendo, cargadas de sentimiento y solidaridad. Que bien es verdad que muchos aún no entienden.
Nunca salí de penitente en una cofradía, ello no fue óbice para durante una década cargase sobre mis hombros el paso de palio de la hermandad de El Olivo. En la Semana Santa del año 1978, que recuerdo con especial cariño, un grupo de compañeros y amigos asumimos la responsabilidad de llevar por primera vez un costal. Y lo hicimos en ese momento, con el convencimiento de que de esa manera vinculábamos nuestras expectativas a la realidad en la que estábamos viviendo. Hoy los que aún permanecen imperturbables bajo las trabajaderas, con las molías ajustadas y la faja embutida, constituyen uno de los puntales de las sinceridades con las que cuentan las Hermandades y Cofradías de nuestras ciudades. Y esto hay que decirlo a pesar de la controversia que ello levante, poniendo de manifiesto que coincide con la visión externa que se tiene desde una mayoría amplia de la ciudadanía, alejada muchas veces del verdadero sentido de la Semana de Pasión.
No coincido con los que critican con agriedad las manifestaciones externas de la Semana Santa, pero trato de reflexionar acerca de esos planteamientos. Sobre el por qué de los mismos. Y obtengo una simple respuesta: el mundo cofrade no llega con claridad a la población.
Son tantas las connotaciones superficiales, que el mensaje se aleja de la profundidad del planteamiento. Ante esto, los costaleros, con el padecimiento físico y los vínculos humanos que destilan, son el referente de un pueblo y unos ciudadanos, que por razones variadas, ha ido menoscabando el verdadero sentido del no menos sincero mundo cofradiero. Mientras escribo estas líneas, ya huele a azahar por las calles de El Puerto.
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