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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Ciscarse en la prensa

El condumio más nutritivo para un periodista es el empute de un cargo público que no acepta críticas

No disiento ni discrepo, y mucho menos me cabreo, sino que casi aplaudo al vicepresidente Iglesias cuando dice, apoyando a su colega Echenique en la bronca con la prensa, que hay que "naturalizar" los insultos. Algunos -son los de siempre: los que no ganan para túnicas de tanto como se las rasgan- han visto en esto un ataque a la libertad de expresión. No entiendo por qué. El berrinche de cualquier político por lo que se haya escrito (bien) y dicho (bien) sobre -no necesariamente contra- él o sobre la formación a la que pertenece o sobre el Gobierno que sostiene no tiene precio. Lo que sí resulta nauseabundo, como si te pagaran con billetes que han intentado requetelavar pero de los que es imposible quitar el olor a mierda, es el halago y el agradecimiento empalagoso de uno de ellos porque has dicho o escrito (bien para él o para la formación a la que pertenece o para el Gobierno que sostiene) lo que desea, lo que te ha pedido, lo que te ha dictado él mismo o a través de su servicio de ¿prensa?, no, de propaganda.

La crisis de la prensa no es sólo económica, siendo éste el factor principal. Ha habido a lo largo de muchos años ya demasiado conchabamiento de no pocos profesionales con políticos del pelaje que fuera para obtener prebendas a uno y otro lado de la mesa. Con el paso del tiempo, a la vista queda que han ido engordando las de los segundos propiciando cada vez más el raquitismo de los primeros. A la larga, se estaban alimentando de veneno. El condumio más nutritivo para un periodista es el empute de un cargo público cuya piel fina no soporta la más mínima crítica. Y la bebida más estimulante con la que puede acompañar el plato es la cólera que desata entre los seguidores más fanáticos y cerriles del político, todas esas legiones de troles que escupen odio escondidos en las covachas de internet. De esa manera se aprovisiona el periodista para soportar las muchas jornadas de tedioso bombardeo de notas de prensa teledirigidas desde la oficina de la Presidencia y desde la sede del partido.

Porque cada día que un ministro,-o incluso mejor, su jefe, el presidente-, un diputado, un alcalde, un concejal no se cisca en los periodistas por algo que ha oído, visto o leído en un medio de comunicación es un día ganado para ellos y otro día, inane, perdido para nosotros. Y esto es lo que nos hace trágicamente enclenques.

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