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ME he criado de una forma muy rarita por más que ponga empeño en normalizarme. En casa de mis padres, el deporte, digamos que no estaba bien visto. "Odio el deporte y compadezco al deportista" era el subversivo lema con el que me maleducaron. No he tenido un chándal en mi vida. Lo más parecido que he tenido han sido los puchos del colegio y la ropa vieja con la que me voy a andar. Ese primitivismo cromañón me hace guardar silencio y admiración por todos los que sienten pasión por el deporte y desde luego pienso que me he perdido algo importante de la vida.
Para superar tan grave carencia me engancho a cualquier líder deportista de nuestra afamada patria. Sigo a Rafa Nadal, a Fernando Alonso, a Marc Márquez, por la tele, claro. Todos me hacen sufrir lo que no sufrí de niña. Pero el futbol se me resiste. No sé lo que es un fuera de juego, ni soy capaz de señalar una falta antes que el árbitro, ni festejar un gol a tiempo porque sólo lo veo después de que se cante machaconamente.
Y es que en el futbol no existe la justicia poética. Lo aprendí el otro día en la final de la copa de Europa. Incluso los del Real Madrid querían que ganase el Atlético y casi se salen con la suya. Pues nada. Ganó Ronaldo con sus falsos dientes y su pose musculosa y ridícula; ganó Florentino, que no gusta ni a los suyos; ganó, eso sí, Zidane, que gusta a todos (de momento, porque los entrenadores viven a merced de los vientos y suelen durar poco). Ganó el de siempre.
Tras el partido nos quedó cara de sorpresa a todos, a los vencedores y a los vencidos. Nadie esperaba este final, ni yo misma, que no entiendo ni papa de futbol. Con toda mi ignorancia me senté a ver el partido en casa de unos íntimos amigos de variada orientación futbolera. Por vivir el partido con intensidad, por llevar la contraria a mi marido que es muy merengue y sobre todo por divertirme, me declaré fiel hincha atlética. Como no puedo invocar la tradición familiar, argumenté que mi pasión viene por el himno de Sabina, que debe ser la forma más peculiar en sucumbir a una afición.
Qué desengaño. En el futbol no hay justicia poética. Hay chamba, suerte, magia, sino, fortuna. Hay mucho dinero. Pero como en todas las cosas importantes de la vida la voluntad hace muy poco. En el futbol, el azar juega sobre un tapete de césped verde con unos curiosos dados: una gente con el pelo cortado de forma muy extraña. Hay fervor más que épica.
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