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Juan Torrejón Chaves /Historiador

Bombas sobre Cádiz en los últimos meses del sitio napoleónico

24 de agosto 2012 - 06:46

JULIO de 1812 fue un mes horrible. Las granadas rellenas de plomo y pólvora que, por el segundo sector, disparaban los obuses Villantroys desde las baterías de la Cabezuela alcanzaron Cádiz diariamente. Resultó común que los bombardeos ocurriesen en la madrugada, al amanecer, en la mañana, al mediodía, al atardecer, y en la noche. Por su regularidad, llegó a expresarse que acontecían "a las horas acostumbradas". Los alcances ordinarios o regulares, fijados en 5.688 varas (4.754'6 metros, aprox.) fueron sobrepasados. En los primeros días del mes, cayeron dos granadas en el convento de Santa María, una en el pasillo de la catedral nueva, y otras en puntos diversos de la ciudad. En ocasiones, no se oían los disparos por haber viento de poniente recio. El día 5, en el que las Cortes no celebraron sesiones por ser domingo, el bombardeo fue muy intenso: una granada llegó a la calle del Sacramento, en las cercanías de San Felipe Neri; otra cayó en la plazuela de Loreto, otra en la huerta del convento de San Francisco, y otra en la Aduana. En la siguiente jornada, las granadas alcanzaron la calles de San Miguel, San José y Ancha. Una reventó en el claustro alto del convento de San Agustín y provocó grandes destrozos en el edificio. A los mayores alcances coadyuvaba el recio viento de levante. Los proyectiles avanzaron hasta el arco comprendido desde mediados de la Alameda hasta la proximidad de la Plataforma de Capuchinos, pasando por la plaza de San Antonio. Entonces, comenzó el traslado de los servicios públicos a los lugares libres de los bombardeos. La pescadería fue llevada a la plazuela de Viudas, y los puestos de hortalizas, frutas y recova, a la plaza de la Cruz de la Verdad. En algunos sitios se dispusieron bombas contra incendios. Las azoteas de los edificios fueron cubiertas con cueros que impidiesen la entrada de las granadas.

Cada vez eran más los habitantes que abandonaban los barrios comprendidos dentro de la línea de tiro, para alojarse en casa de familiares y amigos donde aún no llegaban los proyectiles. De manera espontánea, muchos gaditanos de escasos recursos determinaron establecerse al aire libre en el Campo Santo y en la Alameda. Las autoridades se vieron sobrepasadas e intentaron que los zaguanes de todas las casas comprendidas en el radio de acción del fuego enemigo se mantuviesen abiertos durante el día para servir de resguardo momentáneo durante los bombardeos; así como los de aquellas casas que se hallaban fuera del alcance de los fuegos del enemigo, y tuviesen segundas puertas seguras, durante toda la noche con el fin de que sirvieran de albergue a los pobres. Incluso se programó el reparto de la población en estos términos: aquellos que moraban en los barrios de Santa María y La Merced, San Roque y Boquete, se trasladarían a los de La Viña y Capuchinos; los del Ave María, al de San Antonio y Bendición de Dios; los de Candelaria, a la Cruz de la Verdad; los de las Angustias y San Carlos, al del Pilar; los del Rosario, al de San Felipe; y los del Barrio Nuevo de Santa Cruz, al de San Lorenzo. Finalmente, se desechó este transvase de la población teniendo presente la estrechez de los zaguanes, su falta de ventilación y la inseguridad que la medida provocaría en las viviendas, así como las incomodidades de sus habitantes. Junto a éstas, existieron razones de otra naturaleza. En el atestado Cádiz del momento, los graves riesgos derivados del poder artillero enemigo provocaron una actividad inmobiliaria especulativa, y no fueron pocos los que encontraron una oportunidad de negocio vendiendo a precios elevados inmuebles ubicados en las zonas libres de granadas, o alquilándolos a rentas subidas. La práctica del subarriendo se generalizó, llegando el arrendatario a cubrir con lo que recibía de los partiditos las cantidades que debía satisfacer a su arrendador, y a obtener, al mismo tiempo, beneficios suplementarios.

Como alternativas al realojamiento forzoso, se permitió que el vecindario pudiera acogerse de noche en el Juzgado de la Plaza Real y en las bóvedas de la Panadería, así como en varios almacenes de la muralla que fueron desocupados. Asimismo, fue permitida la construcción de barracas en el Campo de Santa Catalina, desde Capuchinos hasta el cuartel de Artillería. Con la misma intención, se proyectaron blindajes, formados con gruesas maderas forradas de cueros, en el atrio del convento de Santo Domingo, en el frente principal de las Casas Consistoriales, y la contigua iglesia de San Juan de Dios, en las plazuelas de las Flores, de las Nieves, Candelaria y de los Descalzos, en los que refugiarse en el tiempo del fuego enemigo. Ante los robos y desvalijos que ocurrieron en las casas abandonadas por sus moradores, se redoblaron el número de patrullas en los barrios comprendidos dentro del alcance, de día y de noche, rondando los Comisarios de los mismos, acompañados de vecinos honrados. El convento de Capuchinos abrió sus puertas para dar asilo a los gaditanos que lo precisaran.

El 13 de julio, el Ayuntamiento se vio obligado a celebrar la reunión de Cabildo fuera de las Casas Capitulares, y lo hizo en la capilla de la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen, en el convento de los religiosos descalzos de la misma orden. La siguiente, efectuada en la tarde del domingo 19, se llevó a cabo en la Contaduría de la Casa Hospicio de la Santa Misericordia. Entre los acuerdos adoptados, se halló el de buscar un sitio seguro donde trasladar, conservar y custodiar el Archivo Capitular y sus oficinas y dependientes, para salvaguardarlo del riesgo cierto que le amenazaba; a semejanza de cómo se efectuó en el año de 1797 con motivo del bombardeo que Cádiz sufrió por la flota británica. El 18 fue otro de los días de mayor terror. Sólo en el bombardeo que comenzó a las dos de la tarde, alcanzaron la ciudad trece proyectiles. Uno de ellos en la calle de Santa Inés, y otro en la torre de San Francisco. El día anterior, una granada cayó al anochecer en la plaza de San Antonio cuando se hallaba llena de gente. Por fortuna, no reventó y las piedras que se levantaron con el impacto no hirieron a nadie. En la mañana del 24, un proyectil llegó a la calle del Pasquín, a la espalda de Capuchinos. La inquietud fue enorme, hasta el punto de que las Cortes suspendieron la sesión secreta que tenían previsto celebrar. Al día siguiente, varias granadas alcanzaron la calle de Capuchinos, a horas diversas. La madrugada del 28 fue cuando se arrojaron más proyectiles, si bien pocos entraron en la ciudad por el contrario viento de poniente que ayudaba poco a los artilleros franceses. El último día del mes, que fue de gran júbilo pues llegó a Cádiz la noticia de la derrota del mariscal Marmont en los Arapiles, murió el oficial mayor de la Secretaría de Cortes, Juan Martínez Novales, por efecto de una granada que reventó en su cuarto a las cuatro de la madrugada.

En el mes de agosto, el fuego enemigo continuó desatándose sobre Cádiz con enorme intensidad. Como en el anterior, los bombardeos fueron diarios y repetidos. En la mañana del 8, una granada cayó en la azotea del Cónsul británico en la calle de Murguía. En la siguiente jornada, otro proyectil alcanzó la casa del Embajador del Reino Unido, en la calle de Amargura, traspasando tres techos. En la madrugada el día 16, una granada cayó en la calle de Linares, esquina a la del Molino, que traspasó seis cueros y un techo. El 18, también de madrugada, otra golpeó contra la pared de la iglesia de San Antonio, cayó a la plaza al lado opuesto a la torre, y reventó sin producir desgracias personales. El eminente matemático español José Mariano Vallejo, quien se encontró en la Isla de León y Cádiz durante el bloqueo napoleónico, calculó que el alcance de la misma fue de 6.520 varas (5.465'5 metros, aprox.), y 2.044 varas (1.708'5 metros, aprox.) la altura máxima obtenida en su trayectoria curva. El 24, último de los bombardeos, los enemigos dispararon muy frecuentemente y sin orden durante toda el día. Muchos fueron los tiros en la tarde y la noche. En ocasiones, dispararon sólo con pólvora; lo que ya habían realizado en fechas anteriores.

Entre los edificios públicos que sufrieron en mayor medida el demoledor efecto de los obuses Villantroys, se hallaron la Aduana, sede de la Regencia del Reino, la Cárcel Real y las Casas Consistoriales. Éstas fueron alcanzadas por varias granadas en el mes de agosto, resultando muy seriamente dañadas las azoteas y varios techos, en particular el de la antesala de la Capitular que quedó arruinado.

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